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viernes, 29 de febrero de 2008

Limpia, Señor, las tinieblas de nuestros ojos para que podamos contemplar tu luz


“Quien permanece mucho tiempo en las sombras puede convertirse él también en tinieblas”. Quien no está acostumbrado a la luz no puede soportar la claridad en la mirada. Es decir, si en el caminar de nuestra vida, los senderos que recorremos siempre están cubiertos de oscuridad, cuando encontramos la luz, en vez de iluminar nuestros pasos en el camino, nos producirá dolor.
Queridos hermanos y hermanas, continuamos con este recorrido cuaresmal. Lo iniciamos entrando en el desierto (1er Domingo de Cuaresma). Allí se nos decía que, caminar por el desierto es una ocasión para sufrir la tentación. Es decir, éramos invitados a reconocer en nosotros todas y cada una de las cosas a las que debemos morir como preparación para la gran noche de la resurrección. Esa era una ocasión para iniciar el recorrido de nuestra transfiguración, de nuestra transformación, de iniciar nuestra subida al monte y contemplarnos desde el encuentro con la voluntad divina, con el Dios de Jesucristo (2do Domingo de Cuaresma). Inmediatamente, se nos dice que: caminar por el desierto nos produce sed, pero Dios mismo nos sale al encuentro y nos confronta con nuestra vida (3er Domingo de Cuaresma) a la vez que, nos invita a mirarnos hacia el interior y ver qué cosas son las que hemos ido guardando allí y que nos impiden encontrar a Dios. En este día, la Iglesia nos propone el tema de la luz. ¿Cuáles son las sombras de mi vida que necesitan de “aquella luz” y claridad? ¿Cuáles son las transformaciones que necesito transformar en esta preparación?, son quizás las preguntas fundamentales que podemos hacernos.

¿Quién pecó? ¿Éste o sus padres?

Es la pregunta que hacen los discípulos a Jesús, como queriendo decir: ¿“Mira, de quién es la culpa para que éste sufra esa condición”? Decía un antropólogo cristiano, René Girard: “La sociedad siempre necesita de un culpable para continuar su generación de violencia. Pero, ésta se rompe cuando aparece una víctima que asume sobre sí la culpa, voluntariamente. Y éste hacerse víctima ya no engendra nueva violencia”. Y es que, siempre necesitamos hacer de alguien el acreedor de las culpas para sentirnos tranquilos. Los discípulos, como buenos judíos mantenían la idea común de la época: “cualquier carencia física que se pudiera padecer o sufrir, cualquier enfermedad, etc. era signo de pecado”. Un pecado que se transmitía de generación en generación. Por ello, sin contemplar otras posibilidades, ya están agenciando la culpa: para que sea ciego, tiene que haber pecado alguien, si no fue él, fueron sus padres.
En la sociedad en la que vivimos hemos aprendido a rendir culto a la vanidad y a la banalidad. Hemos sido educados para fijarnos siempre en lo que aparece a simple vista en las personas. Sin embargo, tal como diría el zorro al Principito de Antoine de Saint-Exupery: “Lo esencial es invisible a los ojos sólo se ve bien con el corazón”.[1] Es decir, para descubrir al otro, la riqueza que hay en él, no basta el simple mirar con los ojos sino que hay que mirar desde el interior. En el libro del Génesis se nos presenta, en los relatos de la Creación, que “Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza”(cf. Gn.1,27). Esto es, que puso en cada persona lo que Él es. Por esto, nadie puede sentirse con autoridad o derecho para arrancar esta imagen divina que fue puesta en cada persona. Y cuando nos fijamos en los defectos, cuando damos más valor a “lo que aparenta” por encima de “lo que se es” estamos anulando el respeto a la dignidad y valor de la persona. Nos tornamos en ciegos, en personas carentes de ver la presencia de Dios en los demás.
Era ciego de nacimiento… pero, pese a su ceguera, demostró que podía ver más allá de lo que veían los demás. Pudo reconocer en aquel que le salía al encuentro que no era una simple persona, sino que era el Hijo de Dios, el Mesías, el salvador. La gente que era representada por los maestros de la ley y los fariseos, veía en Jesús a un pecador que quebrantaba la ley y que hacía lo que no estaba permitido: curar a alguien, devolverlo a Dios, perdonando sus pecados. Es decir, devolviendo su vida a Dios. ¿Por qué esto? A veces, pensamos que tenemos a Dios sólo con nosotros, creemos en un Dios exclusivo, un Dios que es “a mi manera”. Y con esta idea, esperamos que sea conforme lo hemos ido formando, pero cuando alguien nos saca de la idea que nos hemos creado sobre Dios lo vemos como un problema para la seguridad de nuestra fe. Se tambalean los cimientos en los que hemos construido nuestra fe. Nos oponemos por tanto a dejar a Dios ser Dios. Nos cerramos la vista a su acción bondadosa y misericordiosa para con el ser humano, hechura de sus manos, imagen suya. El ciego veía en Jesús a un profeta que obraba la misericordia de Dios, mientras ellos veían lo meramente humano. Jesús le abrió los ojos… con ese gesto, Jesús nos deja claro que la acción de Dios va más allá de los criterios humanos. La acción de Dios no mira la condición de la persona, sino que realiza su obra salvífica por su propia iniciativa. Por ello, la pregunta que hacen los discípulos: “¿quién pecó, éste o sus padres?” recibe la desaprobación de Jesús. Él nos enseña que, allí en lo débil, en la fragilidad, en lo que aparenta nada a los ojos humanos Dios mira con amor y realiza su obra de salvación. ¿Cuál es nuestra actitud? ¿Proclamamos –como el ciego– que Jesús es el Hijo de Dios y nos hacemos sus discípulos? O por el contrario, ¿nos hacemos ciegos como los maestros de la ley y los fariseos?
“Yo soy” –decía el ciego– (cf. Jn.9,10). Esta expresión nos recuerda el texto del Éxodo donde Yahvé revela a Moisés su nombre: “yo soy el que soy” (cf. Ex.3,14). Es, precisamente el gesto primero que hace el ciego cuando se le abre la vista. Se confronta con su identidad, con lo que él es, se confronta consigo, pero también se descubre en un contexto comunitario. El encuentro con la persona de Cristo y su aceptación y seguimiento no puede estar ajeno al otro. Nos exige “estar y ser con y para el otro”.
Queridos hermanos y hermanas, la vivencia de la fe es algo comunitario. Parte desde nuestro encuentro con la persona de Cristo, pero ésta nos vuelve hacia la comunidad. La fe no es algo que se vive aislado e independiente del resto de la comunidad, de las personas que me salen a diario al encuentro, sino que la misma se alimenta de la fuente que es Cristo y a su vez, se enriquece y nutre en la práctica y vivencia “en, desde y con los otros”. Pero, ¡nos exige confrontarnos con nosotros mismos, contemplar nuestra identidad, mirarnos a nosotros mismos y ver si podemos decir con el ciego: “Yo soy” (cf. Jn.9,10). Esta es la única vez que Juan –en su evangelio– pone en labios de un ser humano aquella expresión. Con ello quiere manifestarnos que, a partir de nuestro encuentro con Jesús, al abrirnos incondicionalmente a Él, al acogerlo en nuestra vida como salvador y redentor, como aquel que nos muestra el verdadero rostro del Padre, nos hacemos partícipes de su identidad: somos por tanto, sus discípulos. Pero, ello exige tener los ojos bien abiertos para ver y contemplar la luz.

“¿También ustedes quieren hacerse sus discípulos?” (cf. Jn. 9,27)

Esta es la interrogante que propone el que era ciego, a los maestros de la ley y a los fariseos. Una pregunta que también se nos hace a nosotros: ¿realmente queremos ser sus discípulos? ¿Realmente vivimos con discípulos suyos? No sólo basta con decir que creemos. Tampoco es suficiente vivir sólo de obras buenas –sin creer– ya que eso también lo hacen aún los que no conocen el evangelio. Podríamos pasar toda nuestra vida dedicados a la oración, a la práctica de devociones, a hacer cosas externas en actividades religiosas, pero si no me siento, vivo e interiorizo lo que implica ser su discípulo ¿qué sentido tiene todo lo que pueda realizar?Decía Dante en La Divina Comedia: “El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”. Podemos pasar la vida confiando en nuestras intenciones, pero es necesario vivirlas. Y ello nos exige creer. Creer en la persona de Cristo. “El mundo tiene hambre y sed de Dios” nos dice constantemente el papa Benedicto XVI. ¿Cómo colaboro, como cristiano, a saciar esta sed? ¿Qué cosas realizo? ¿Ayudo a los demás para que puedan ver –porque yo he visto–? O por el contrario, ¿prefiero que permanezcan ciegos por temor a que me rompan todas las seguridades en las cosas que creo y que carecen de fundamentos sólidos?

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[1] SAINT-EXUPERY, Antoine de. El principito. Capítulo XXI. en http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaFrancesa/saint-exupery/ElPrincipito

viernes, 22 de febrero de 2008

SACIA NUESTRA SED Y LLÉVANOS POR LOS CAMINOS QUE CONDUCEN A DIOS


Nuestra alma está sedienta de ti, Señor y no descansará hasta que descanse en ti” nos dice San Agustín. El caminar cristiano es un constante peregrinar por la vida, unidos al Maestro y dando testimonio de la fe. Es un camino que tiene esa doble exigencia: ser fieles a Cristo –el centro desde el cual emana nuestra fe– y testimoniar lo que creemos mediante la práctica de la caridad. Por ello, el camino cristiano no es fácil. Tiene grandes exigencias que nos reclaman mucho más de lo que estamos dispuestos a dar. Y a veces, cuando nos sentimos muy seguros en lo que hacemos, cuando pensamos que nuestro modo de vivir la fe cristiana está siendo la correcta, nos sucede algo que nos lleva hacia otras dimensiones de enfrentar y vivir esa fe.

Los caminos siempre van a ser caminos, pero lo que hace el sendero son los pasos que vamos dando. El cristianismo se dice que es la religión del camino. Nos exige declinar o renunciar a nuestras seguridades personales, nos exige ponernos en marcha y mirar la vida cara a cara, siempre dispuestos a “dar razón de nuestra fe, es decir, de nuestra esperanza”(cf. 1Pe.3,15) tal como nos diría el apóstol Pedro en su primera carta. Esto no es, sino una invitación que se nos hace a nosotros, en nuestro caminar, para que mediante nuestras palabras, acciones y gestos vivamos lo que decimos creer. Mas, debemos tener presente que no es el simple acto de creer lo que se nos pide, sino también, el que demos testimonio de ello por nuestro obrar, es decir, por nuestro estilo de vivir. Por tanto, queridos hermanos y hermanas, como cristianos se nos exige abrazar con radicalidad el caminar cristiano en el que sólo uno es el camino que nos acerca a Dios. Y este camino es Cristo. Camino al que tenemos que conocer, aceptar y amar. Camino que tenemos la exigencia de descubrir –tal como sucedió a la Samaritana–. Un camino al que no accedemos por nuestros propios méritos y/o iniciativa, sino que es por la iniciativa misma de Dios –quien nos sale al encuentro– y si nos abrimos y le acogemos en nuestra vida, se nos descubre como tal. Él es el camino que nos guía para que nuestros pies no sucumban en las tinieblas. Por ello, “aunque caminemos por senderos oscuros no debemos temer”(cf. Sal.23,4), porque está con nosotros en el caminar de nuestras vidas.

Una de las acciones de Cristo que más resaltan los evangelios es aquella en la que siempre está “de camino”. Jesús no pocas veces: “iba de camino”, “se dirigía desde… hacia”, “bajaba por el camino”, etc. pero, no se detiene en un sitio y se instala en aquel, sino que, realiza su tarea y continúa el sendero. ¿A qué nos invita esto? Es simple: el cristiano no puede permanecer estático, no puede ser persona que se instala en la seguridad. Donde, todo lo que no entre en conflicto con el mundo personal que se ha creado, donde siempre y cuando no me afecte, me resulta indiferente. Por tanto, no podemos hacernos sordos frente a un mundo que, como nos recuerda Pablo “gime y sufre dolores de parto”(cf. Rom.8,22). Tenemos que mirar el mundo, lo que nos rodea, lo que acontece a nuestro alrededor con “ojos cristianos” y proponer –desde nuestras posibilidades, desde nuestra fe– un modo de vivir distinto. Un camino que siempre nos será pleno y en el que experimentaremos la bondad, el amor y la paz. Pero, ¡claro!, no como las concede el mundo, sino conforme a los dones que nos regala el Padre.

En la lectura de Ex. 17, 3-7 se nos presenta la situación del pueblo de Israel. Aquel mismo pueblo que, siendo errantes peregrinos, se pusieron en caminos y se llegaron a Egipto. Allí experimentaron la tristeza de ser extraños en otra tierra, pero también fueron testigos del amor de Dios para con el ser humano. Descubrieron que, a pesar de las situaciones de dolor, Dios no se ha ausentado, sino que les estaba preparando para la acción libertadora que realizaría por medio de Moisés. Esta es la primera experiencia que el pueblo de Israel tiene de Dios: un Dios que es libertador. Un Dios que les ha sacado del país de Egipto para llevarlos a su propia tierra. Un Dios que les ha sacado de la esclavitud para concederles una tierra de libertades en la que se vivirá bajo la ley del amor. Con este acto liberador, Dios se compromete con el pueblo de una forma especial y a cambio le pide fidelidad y justicia. Yahvé les promete que ¡será su Dios! ¡Qué mejor regalo pudieron recibir! ¡Qué mejor certeza para el ser humano que la de saber que Dios mismo va con nosotros de camino, que nunca nos ha abandonado! Pero, lamentablemente la capacidad de creer es para el ser humano –en ocasiones– algo del momento. Es simplemente aquello de lo que no tengo que preocuparme ya que, si siento que puedo vivir la vida a mi modo, no necesito de un Dios que me cause dificultades. Así la fe se va tornando en raquítica y débil. Es la condición humana y por ello, pese a tener la certeza de que Dios se ha comprometido con nosotros, dudamos de su promesa y por ende, de su palabra. El resultado de ello es que nos vamos apagando paso a paso en lo que decimos creer. Nos mantenemos demasiado centrados en la condición humana y cuando aparecen las dificultades damos la espalda a lo que creemos y nos encerramos en nosotros mismos. Así vamos perdiendo poco a poco las esperanzas y pensamos que Dios ya no anda con nosotros, que Dios nos ha abandonado y se ha olvidado de ayudarnos. Pero, la verdad es que ha estado ahí siempre. Él ha estado mirándonos, asistiéndonos en nuestro camino, sabe lo que necesitamos y nos lo concede, pero las que no necesitamos no nos las concede.

El pueblo de Israel, habiendo pasado(=es decir, vivido) la experiencia del Dios que los ha liberado se pone en camino. Este es un peregrinaje bajo la protección divina. Sin embargo, cuando aparece la necesidad, la esperanza(=es decir, la fe) se les apaga y se vuelven contra Dios. Comienzan a reprochar, buscando un culpable y añorando lo que dejaron atrás. Para muchas personas, sobre todo en lo que se refiere a los valores que vende la sociedad –y que compramos en muchas ocasiones– impera esta ley: no importa lo mal que estemos, no importa la forma en cómo vivamos siempre y cuando se tenga lo necesario para resolver y salir de las situaciones inmediatas. Siempre se necesita a quién culpar por las cosas que no nos salen bien. La pregunta que podríamos hacernos es la siguiente: ¿cuál es mi actitud? El pueblo de Israel se situaba en lo inmediato: para ellos era necesario resolver la situación corporal ante la necesidad de agua y comida. Pedían a gritos un milagro que les diera testimonio de que Dios estaba con ellos. A veces nuestra fe cae en esta actitud de debilidad: exigimos ver milagros para tener la certeza de que Dios está presente. Exigimos a un “dios milagrero” para poder creer. Exigimos tener la certeza de un Dios que obra maravillosas y grandes cosas para poder decirnos, sin necesidad de dudas: ¡Es cierto, Dios está con nosotros! Esta es la simple condición humana que necesita aferrarse a “cosas” para sentir esperanza. Si no las tiene, queda un sentimiento de vacíos, de vulnerabilidad, de fragilidad. Estas “sensaciones” las encontramos también presentes en el texto de la Samaritana.

En la narración de la Samaritana hay varios elementos que merecen nuestra atención por todo lo que hemos dicho anteriormente:

Jesús estaba en camino: “Iba hacia Galilea, pero teniendo que pasar por Samaria se detuvo en Sicar”(cf. Jn.4,4-5). Decía la Madre Teresa de Calcuta: “el lugar de uno está donde su hermano lo necesita” Y precisamente el camino cristiano es el caminar por el amor tal como nos sugiere el cantautor argentino Facuando Cabral: “sigue a tu corazón porque siempre te llevará por los caminos de la alegría” Es decir, por los caminos del amor. Sin embargo, caminar produce cansancio y Jesús se detiene al pie de un pozo donde tiene lugar el encuentro con esta mujer (cf. Jn.4,6-7). Ella tiene dos aspectos que representaban desprecio en aquella época: primero: su condición de mujer y segundo: su procedencia cultural. Por ello, el encuentro con ella encierra varias características:

Jesús establece una ruptura con las normas de la sociedad: le sale al paso a la mujer dejando muy en claro que es Dios quien toma la iniciativa y no se fija en cosas que nos hagan diferentes. Esto queda muy en claro, cuando en el libro del Génesis Adán se reconoce en la mujer como igual: “ésta sí que es carne de mi carne y huesos de mis huesos”(cf. Gn.1,23). Es decir, tanto el hombre como la mujer son iguales en dignidad. No es uno para estar ni por encima ni al frente del otro, sino caminando hombro con hombro.

Jesús también rompe con las diferencias culturales. Hace claro que no existen diferencias. Los judíos no soportaban a los samaritanos por considerarlos despreciables, pecadores, y carentes de salvación. Pero, Jesús con este gesto hace evidente que la salvación es un don gratuito del Padre que se concede a todo ser humano y que es posible por la entrega voluntaria de su Hijo. Por tanto, nadie puede sentirse capaz o con derechos para excluir a nadie de la posibilidad de salvación.

Jesús presenta que Dios se acerca al ser humano y le propone un proyecto al que debe responder; le hace partícipe de su acción salvífica, pero el ser humano tiene que acogerla. No puede quedarse centrado en lo humano sino que tiene la necesidad de abrir su corazón para acceder a Dios y recibir a Dios. Pero esto tiene que hacerlo con humilitas y no con una actitud de interés, soberbia y/o sentimiento de “merecimiento”. No hay nada que podamos hacer para ganarnos la salvación ya que ésta es un don que Dios concede a quien lo desea.

Jesús y la Samaritana tienen un diálogo sobre el agua (cf. Jn.4,7-14): Es Jesús quien pide agua –la otra vez en que manifestará tener sed es en la Cruz– a la mujer. Ella, que había bajado a buscar agua, muy centrada en la tarea que iba a realizar, se confronta con una situación “nueva” para ella. Un hombre que le pide, que se muestra necesitado, frente a ella que es mujer. Y no solo eso, sino que es judío. Estos dos elementos llevan a la Samaritana a valorar más la condición humana que la divina y por ello se muestra un tanto reacia hasta que recibe la llamada de atención por parte de Jesús: “si supieras quién es el que te pide agua, tú me pedirías que te diera de beber”(cf. Jn.4,10). Es decir, le hace la invitación de despojarse de aquella actitud simplemente humana para que permitiera la acción divina en ella. Pero, simplemente se le hacía imposible y continúa poniendo trabas: “no tienes con qué sacarla y ¿me vas a dar agua?”(cf. Jn.4,11). Y empieza a hacer toda una “recapitulación”(=es decir, narración de la historia del Pozo) pero reducida al elemento humano sin que Dios contara para nada.

La Samaritana está necesitada de desprenderse de las ataduras humanas: Jesús la invita a “mirarse interiormente y ver qué cosas han llenado su vida”. Esta es una invitación que también nosotros podemos acoger y que se nos hace –como cristianos– durante este tiempo cuaresmal. ¿Qué cosas llenan mi vida? ¿Qué cosas tienen más valor para mí? La Samaritana es urgida a que “dé a conocer a su marido”(cf. Jn.4,16). Es decir, Jesús la invita a que identifique en su ser aquello a lo que ama. Pero, ella se reconoce sin un amor que le haga sentir completa. Por eso le dirá “¡no tengo marido!”(cf. Jn.4,17). Como diciéndole: Mira, he llenado mi vida con tantas cosas, me he dedicado a todas estas tareas simplemente humanas, me he dedicado a sobrevivir, pero no he dejado tiempo ni espacio para Dios. Por eso, no le tengo en mi corazón. Estoy más preocupada por resolver la situación humana que ocuparme de esas cosas. Por eso, cuando Jesús le reconoce, ella “deja el cántaro y se va a anunciarlo a las demás personas”(cf. Jn.4,28).

Cuando tenemos un encuentro con Jesús nuestra vida se transforma. La Samaritana, cuando se da cuenta de ello, rompe con todas aquellas cosas que significaban su atadura a lo meramente humano, a las actividades y actitudes que le cerraban su interior para recibir a Dios y se dispone a acogerlo. Es decir, se hace pobre para Dios. Vacía todo su ser de las cosas que la tenían llena para que Dios pudiera entrar. Por esto, el cántaro –que era parte de su vida rutinaria– era dejado atrás. El conocimiento de la persona de Cristo produce esta diferencia –tal como nos sugería Pablo en la segunda lectura–. Nos produce un “rompimiento” con un modo de vivir para abrazar otro nuevo. Pero, esta nueva forma nos exige dar testimonio de ello. Por eso, la Samaritana sale corriendo y lo cuenta a sus compatriotas quienes salen inmediatamente y le invitan a quedarse con ellos.

El reconocimiento que hacen de Jesús es resultado de la necesidad que tenían de este amor del Padre que se manifiesta por medio de Cristo. Cuando han descubierto lo que él era ya no necesitaban el testimonio que daba la mujer, sino que, “ahora habían visto por ellos mismos y creían”(cf. Jn.4,42). Es decir, el contacto con la persona de Cristo, el dejarse tocar por él, el acogerle en nuestro ser no produce en nosotros sino esta experiencia. La pregunta que podríamos hacernos es la siguiente: ¿qué produce en mí la persona de Cristo? ¿Cómo es mi relación con Cristo?

lunes, 19 de noviembre de 2007

VERDAD, JUSTICIA PAZ Y LIBERACIÓN COMO SIGNOS DE CONTRADICCIÓN PARA EL MUNDO 1


INTRODUCCION:

En el evangelio según San Lucas 12,49-53 se nos sugiere un sentido sobre lo que implica o debe significar el Evangelio para todo cristiano: uno de contradicción, que invierte los esquemas, modos y modelos de comportarse que nos propone el mundo. Es decir, “un nuevo estilo de vida”. Por ello, es signo “de contradicción” porque, Aquel “ha venido a instaurar la guerra y no la paz” –no las guerras del mundo, en las que mueren personas inocente o culpablemente, escondidas tras deseos o anhelos carentes de caridad. “La guerra está escrita con muerte y se perfuma con sangre”–. Esta guerra de que nos habla Jesús se nos presenta y significa en el Evangelio como aquella que persigue la liberación del hombre total de todas las ataduras del pecado y de la muerte por el sacrificio de Cristo en la cruz. Sacrificio que nos reserva la gracia de “poder llamarnos hijos de Dios” y por tanto, de “ser coherederos con Cristo” –tal como nos afirma el apóstol Pablo–. A menudo, podemos caer víctimas de una visión “triunfalista” que nos sugiere un evangelio sólo para la fe. Después que creamos nada más tiene sentido. No importa lo que viva siempre y cuando que crea. Esta visión la tuvieron los contemporáneos de Jesús: esperaban un Mesías liberador, que fuera a hacer la guerra a los pueblos invasores que les estaban oprimiendo y que instaurara definitivamente un reinado que fuera el poder político y máximo sobre la tierra. Pero, Jesús nos señala que: su “Reino no es de este mundo”(Jn.18,36). Es decir, que no se mueve bajo los criterios por los que se maneja el mundo, sino que por el contrario, ha venido a ponerlos en interrogante. Por tanto, ese Reino se escribe en el corazón mismo de cada hombre y mujer de buena voluntad que lo recibe incondicionalmente; que lo acepta con un corazón sencillo, justo y recto –tal como nos sugiere el salmo 1–. Un Reino que, como dije, es “signo de contradicción” y que nos exige aceptarlo incondicionalmente en nuestro seguimiento de Cristo. Seguimiento que nos pide el mismo Cristo con la invitación de: “si queremos ir en pos de Él, asumamos nuestra cruz y le sigamos”, que no es otra cosa sino: “si queremos ser seguidores de Cristo, tenemos que vivir, de forma libre y radical, nuestra opción por él”. Opción que, al no manejarse por los principios que nos intenta vender, que nos pide y nos exige la sociedad, nos enfrenta a quienes no comprenden esta manera nueva, distinta y diferente de vivir. Por ello, terminarán enfrentados “unos contra otros”, puesto que la vida en Cristo es un compromiso que nos pide “darlo todo hasta las últimas consecuencias”. Si creíamos que este caminar iba a ser uno pavimentado con “adoquines” rosados, sin mayores complicaciones y/o exigencias ¡se han equivocado! “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, se han equivocado…”(Lc.12,51) nos dirá Jesús. Esa no es la obra del Reino, así no se manejan los contenidos del mismo. Pero, ¿cuáles son sus contenidos? Los contenidos de este Reino son: verdad, justicia, liberación, etc. Y estos elementos constituyen, en esencia, motivo de contradicción para el mundo. Es decir, se enfrentan a los valores y anti-valores que se nos promueven en el ámbito social en el que nos movemos.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

ANUNCIAR EL REINO DE DIOS, “A TIEMPO Y A DESTIEMPO”, SIN TEMOR, SIENDO DISCÍPULOS DE JESÚS


Lecturas:
Gn. 46,1-7.28-30
Sal. 36
Mt. 10,16-23


En los Salmos encontramos la siguiente expresión: “Confía en el Señor y practica el bien… que el Señor sea tu único deleite”(Sal.36,3). Tal aseveración nos lanza una propuesta: a que pongamos nuestra confianza en Aquel que siempre está dirigiendo nuestra vida. Es decir, a que abramos nuestro corazón a Su presencia. Pero, ello exige de nosotros una actitud totalmente libre. El corazón significa mucho más que el órgano del cuerpo; “corazón” es el contenido de toda la vida. Es decir, abarca la vida misma. Esa vida que se construye en el día a día, con todas las riquezas y carencias, con todos sus problemas y dificultades. Y es, precisamente, a “esa vida” a la que hay que corresponder desde lo que somos. Sin quedarnos detenidos o sin ganas de caminar, porque todo aquello que hagamos nos va llevando, paso a paso, a la consecución de nuestra misión en este mundo. Pero, tenemos que vivir aquella misión desde la “experiencia de Dios”, desde el discernir en todo lo que hacemos la voluntad divina; de descubrir, desde lo que somos, desde lo que nos hace ser quienes somos, qué es lo que Dios quiere en nosotros y vivirlo. Nadie dijo que sería fácil, como diría el poeta César Vallejo (1892-1938): “hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me ha gustado vivir”(poema: “Hoy Me Gusta la Vida Mucho Menos”). Es decir, vivir siempre constituye enfrentarnos a dificultades. Vivir siempre es una experiencia que duele, puesto que nos exige “estar siempre prestos a dar respuestas”. Y estas respuestas se nos tornan en ocasiones contra nosotros: pensamos que estamos haciendo las cosas y nos surgen dificultades, nos surgen piedras en el camino. Y nosotros, queremos por lo general, una vida sin preocupaciones. Una vida donde todo sea color de rosa. Una vida en la que la pasemos en paz, sin nada que incomode. Pero, sucede que la vida no es así. La vida es un caminar constante, en donde nos caeremos, en donde sentiremos cansancio, en donde experimentaremos desilusiones, en donde experimentaremos el sufrimiento de la muerte(…). Pero, ¡es nuestra vida y la debemos construir! Pero, ¿cómo debemos construirla? El Salmista nos lo ha dicho: “pon tu confianza en el Señor! Como sugiriéndonos, es cierto que habrán dificultades; que encontrarás que, al intentar vivir desde la experiencia de Dios, lo menos que tendrás es la paz y seguridad que ofrece el mundo. Porque, seguir el camino de Dios nos exige que seamos capaces de renunciarnos a nosotros mismos, frente a una sociedad que nos promete poder y riquezas, siempre y cuando pisoteemos(=pasemos) por encima de los demás. Ya lo dijo Jesús: “he venido a prender fuego al mundo… ¿creen que he venido a traer la paz? No. He venido a hacer la guerra”(Lc.12,49-51). Ha venido a invertir los criterios y formas en cómo comprender el mundo. Ha venido a transformar cada una de las situaciones en las que, el ser humano vive como si fuese el único habitante del mundo. Ha venido a confrontarnos con “el otro”. Ha venido a mostrarnos que, el Reino de Dios se construye desde la experiencia del amor. Y esto nos crea dificultades. Nos despierta conflictos, puesto que hemos aprendido y sido educados para vivir al margen de los demás. Hemos sido preparados para asegurarnos nuestra propia vida sin importar lo que suceda a quienes nos rodean. Y todo, porque así no tendremos dificultades. Decía el Quijote a Sancho: “tranquilo Sancho, si los perros ladran es porque estamos caminando”[1]. Y el poeta Machado decía: “caminante son tus huellas, el camino y nada más… caminante no hay camino, se hace camino al andar…”(poema: “Caminante, no hay camino”). Es decir, nuestra vida ha de ser aquella ocasión para caminar, para lanzarnos a la aventura de vivir desde el reconocimiento de la voluntad divina, identificarla en la vida personal y vivir conforme a ella. Esta es la invitación que se nos hace: vivir desde la experiencia del Reino. Vivir la fe desde la identificación con la persona de Cristo. Vivir y transmitir la experiencia del Dios que obra siempre en todos. Ser testimonio vivo de que Dios siempre actúa en la historia humana. No tener miedo de vivir la fe. No tener miedo de proclamar aquellas cosas en las que creemos porque Dios siempre estará con nosotros. Tenemos la tarea del profetismo. Ser profetas en todos y cada uno de los lugares en donde se transcurre nuestra vida. Ser capaces de denunciar las situaciones de injusticia, de sufrimiento, de dolor y angustia para ese mundo “que sufre y gime dolores de parto”(Rom.8,22). Ser capaces de dar la vida por el Reino. Ser mensajeros de la paz, pero no como la da el mundo, sino desde aquella experiencia de anunciar las maravillas de Dios a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El mundo tiene hambre y sed de Dios... nos recuerda de modo constante el Papa Benedicto XVI. Y se nos invita a llevar esa experiencia, a compartir lo que vivimos a diario desde la fe. A hacer la diferencia. Pero, ¡no es fácil! Nadie ha dicho que lo sea, pero tampoco que sea irrealizable.
En el texto del evangelio se nos lanza una imagen del lugar en donde hemos de dar respuestas y testimonio de nuestra fe. Nos dice Jesús: “los envío como a ovejas en medio de lobos”. Es decir, allí, en donde el ser humano sufre por culpa del ser humano, tenemos la tarea de introducirnos, para transformar, para invertir los criterios y valores de la sociedad. Para proclamar la riqueza y el valor de cada persona, para decir al mundo que “el ser humano no es un lobo –aunque algunos lo parezcan– capaz de devorarse a otros”(Thomas Hobbes). No podemos tener esa visión tan negativa del ser humano. Y frente a las ideologías que nos dicen que nada bueno puede darse en el mundo, hay que apostar por vivir la esperanza. Llevar el mensaje de Cristo a todo lugar. Y como dije antes, no es fácil. Si vivimos desde esa exigencia no tendremos quizás no tendremos la tranquilidad que deseamos para nuestra vida tal como la interpreta el mundo, pero, sí, –y eso lo puedo asegurar– tendremos la compañía de Dios, que nos guiará y sostendrá a cada paso que vayamos dando. Por ello, debemos caminar sin temor. Ir por el mundo sin temor, pues Dios estará con nosotros.
Es cierto que hay muchas cosas que son más atractivas que todo esto. Pero, ninguna de ellas nos va a dar la satisfacción de una vida en camino hacia la felicidad. Y eso no sucede porque sea todo malo, sino porque cuando ponemos nuestra confianza en cosas efímeras, al haber saciado nuestra necesidad, ya aquello, pierde todo valor. Ya no significa nada para nosotros y tenemos el deseo de algo nuevo. Pero, la Buena Nueva del Reino es siempre algo nuevo. Nos interpela desde nuestro día a día. Nos exige vivir y renovar nuestra fe a diario, dando testimonio de que queremos decir que Sí a la práctica del amor. Pero, que sea un SI que es fiel y que no se desvanece cuando aparecen las primeras dificultades. Pues bien, vivamos conforme a esa decisión. Hagamos partícipes a otras de lo que hemos encontrado y vivimos, con un corazón sencillo, con nuestro propio lenguaje. Por eso nos recuerda Jesús que, “no busquemos nuestras propias palabras, sino que el Padre pondrá sus palabras en tu boca”(Mt.10,19). Es decir, si estamos viviendo radical y libremente esta experiencia, que nuestra vida sea el testimonio de ello. No necesitamos discursos enormes. No necesitamos tener mucha teología para ello, puesto que, quien vive desde Dios, no hará sino expresar, con su propia vida, a Dios. Por esto, VIVAMOS LA EXPERIENCIA DEL AMOR. Y no tengamos miedo. No tengamos temor de ser quienes somos. No tengamos temor de vivir y anunciar el Reino de Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
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[1] Esta frase se atribuye anecdóticamente a él.

miércoles, 22 de agosto de 2007

EN LA SOLEMNIDAD... (segunda parte)

2. El hombre debe corresponder amorosamente a esa llamada:

Dije antes que Dios llama y manda a cumplir una tarea. Experimentamos en la vida una “llamada” de Dios que nos motiva. ¿Qué hacemos en esos momentos? ¿En dónde y en quién ponemos nuestra confianza?
En la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo se presentan los contenidos de la tarea y misión de un predicador. En otras palabras, lo que debe ser la vida de un predicador desde la vivencia de las Sagradas Escrituras. Se nos dice:
  1. “pórtate en todo con prudencia”: es decir, intentar llevar una vida “virtuosa”. Construir nuestra vida desde la vivencia y experiencia del BIEN. Pero, ustedes dirán: ¡Ah, no somos virtuosos! Es cierto, caminar y vivir desde la virtud es un camino difícil que sólo se puede alcanzar desde la apertura a la voluntad divina. Abrirse a la gracia. El camino hacia la virtud será difícil, pero no imposible. Y lo fundamental, no es quedarnos en la contemplación de lo imposible, sino en lanzarnos a caminar. Ir en la búsqueda de la virtud. En ese caminar Dios va capacitando.

  2. “soporta los sufrimientos”: es decir, poner en las manos del Padre aquellas penas, amarguras y sufrimientos para que nos haga día a día llevarlos con paciencia. Sentiremos en muchas ocasiones que son demasiadas angustias, que las penas cada día son más pesadas. Pero, si nuestro ánimo desfallece nos quedaremos en el camino, moriremos de sed en medio del desierto. Soportar los sufrimientos es abrirse a la experiencia de madurar a cada momento en las respuestas que se han dado. Las pruebas que nos sobrevienen son parte del proceso de capacitación que Dios nos hace. Y son parte de la vida… de toda vida. Si se pensaban que todo sería color de rosa, ¡se han equivocado! La vida siempre nos golpea, pero es para llevarnos a alcanzar la virtud.

  3. “realiza la función de evangelizador”: es decir, aquella experiencia personal, aquello que hemos vivido, darlo a conocer. Es la tarea de salir y anunciar la Buena Nueva del Reino. Ahora se están preparando para ello y la invitación que les hago es que se metan en el proceso. Que se abran humildemente a cada una de las experiencias que irán teniendo paso a paso, en cada etapa. No quieran correr antes de empezar a caminar, porque no podrán hacer bien ni la una ni la otra. Como diría nuestro hermano Santo Tomás de Aquino al hermano Juan, quien le pedía consejos para estudiar correctamente: “No te lances de golpe al océano, sino entra en él por los arroyuelos, porque es conveniente que de lo más fácil desemboques en lo más difícil…”(Aquino, Tomas de. Carta a un estudiante)

  4. “desempeña a la perfección tu ministerio”: es decir, el resultado de una vida de virtud, soportar los sufrimientos y realizar las tareas de la evangelización no pueden menos que alcanzar el desempeño perfecto del ministerio. Todos realizamos algún ministerio en una u otra forma al servicio de la Iglesia, pero ello no puede ser para satisfacción personal, sino en orden a la tarea encomendada por el Dios que nos ha llamado a vivir desde un estado concreto. A menudo, nuestra condición humana nos lleva a la necesidad de “buscar reconocimientos” y cuando no los obtenemos, nos llenamos de resentimientos, sentimos que se nos acaba el mundo y que nada tiene sentido. Sin embargo, lo que realizamos es tarea de servicio y por ende, nuestra única satisfacción debe estar en recordar las palabras de Jesús que el apóstol Pablo tomaría también: “Somos servidores inútiles que no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”(Lc.17,10).
    4. Conclusión y palabras finales:
    Nuestro padre santo Domingo es un modelo en cada uno de estos aspectos. Llevó una vida de virtud puesto que el centro de su vida era la persona de Cristo y se entregó completamente a caminar conforme a su mensaje. Y precisamente, por hacer su vida desde Cristo no sólo sufrió sus propios padecimientos sino que hizo suyos los sufrimientos de los demás. Nos recuerda el Beato Jordano que: “siempre se le veía sonriendo… amaba a todos y por todos era amado… se entristecía hasta el extremo de las lágrimas por las pobres gentes que no conocían a Cristo”. A ese Cristo que quiso llevar en su predicación a quienes no lo conocían. A aquel que era la Verdad que quiso dar a conocer entre los cátaros. A aquel que fue el centro y sustento de su ministerio.
    Pidamos, hermanos, que por intercesión de nuestro padre Domingo, el Dios les capacite día a día para que llegue a feliz término lo que están viviendo. Pidan siempre, por intercesión de nuestro padre que sus vidas se abran constantemente a la experiencia de la escucha de la palabra de Dios y se dejen guiar conforme a su voluntad. Esto que están viviendo no es un camino que han decidido por su propia voluntad o iniciativa, sino que es Dios quien los ha invitado. Por eso, vivan sin temor esta experiencia. No le pongan trabas, sino que, ábranse a ella. Y siempre confíen en que, como nos recuerda el evangelista Mateo: “estará con ustedes hasta el final de los tiempos”(Mt.28,20)

miércoles, 8 de agosto de 2007

EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRO PADRE SANTO DOMINGO


EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRO PADRE SANTO DOMINGO (A PROPOSITO DE LAS LECTURAS DE: Jer. 1,4-9;Sal. 95;2 Tim. 4,1-8;Mt. 28,16-20)


Imagen: "La Ordalia del fuego"
Pedro Berrguguete (s.XV)


En el Canto XII del Paraíso, en La Comedia[1] del poeta Dante[2] se nos dice sobre nuestro Padre Santo Domingo:

“…la mujer que por él dio asentimiento, vio en un sueño ese fruto prodigioso que saldría de aquél y su progenie… Fue llamado: Domingo; labrador que eligió Cristo para que le ayudase con su huerto… se mostró de Cristo mensajero; pues el primer amor del que dio prueba fue al consejo primero que dio Cristo. Muchas veces despierto y en silencio lo encontró su nodriza echado en tierra cual diciendo: «He venido para esto.» ¡Oh, en verdad padre suyo venturoso! ¡Oh, madre suya Juana verdadera, si se interpreta tal como se dice!... mas por amor del maná sin mentira, en poco tiempo gran doctor se hizo… Y a la Sede que fue más bienhechora antes de los humildes, pidió contra la gente errada, licencia de luchar… Después, con voluntad y con doctrina, emprendió su apostólica tarea cual torrente que baja de alta cumbre; y en el retoño herético su fuerza golpeó, con más saña en aquel sitio donde la resistencia era más dura…”[3]

Es decir, son tres los rasgos fundamentales que podemos resaltar de esta descripción hecha por Dante. Nuestro Santo Padre y Fundador, Santo Domingo de Guzmán:

  1. “muchas veces despierto y en silencio, echado en tierra”… esto es, en actitud de oración. El Beato Jordano decía de nuestro padre santo Domingo que “desgastaba las escalinatas del presbiterio en las largas noches que pasaba en oración”. Y esta práctica es fundamental para la vida de todo cristiano: poner en las manos del Padre. La oración es un tema sobre el que hablamos mucho o escribimos magníficos tratados, pero que en el momento de la práctica, queda relegado al tiempo. Nos cuesta dedicar tiempo a ella. Y en el poco tiempo que dedicamos, nos gana el cansancio, el sueño, la pereza. Sin embargo, necesitamos hacernos violencia para alcanzar no sólo una actitud de oración, sino para hacer de nuestras vidas una vida orante. Necesitamos hallar los espacios para dejar a Dios que nos hable al corazón. Necesitamos de esos momentos para estar a solas con el Dios que, en palabras de San Agustín es “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”. Pero, nos duele tener que dedicar tiempo a orar. En muchas ocasiones, porque el tiempo que dedicamos a ello es necesario para hacer otras cosas. Mas, ¿qué puede encontrar mayor valor que ponerse en silencio para escuchar al Dios que nos llama por nuestro nombre? ¿Qué encuentra mayor riqueza y significa alimento para el largo peregrinar por esta vida que la resonancia de la voz de Dios en nuestro interior? Y es que la oración nos sustenta en los momentos de angustia, nos transforma en la necesidad y nos brinda la alegría inmensa de encontrar a ese Dios que siempre ha estado ahí, amándonos. Invitándonos a continuar nuestro camino.

  2. “con voluntad y con doctrina emprendió su apostólica tarea”… El Espíritu Santo suscita constantemente en la vida de la Iglesia personas que realicen una Misión; que den continuidad a la tarea del anuncio del Evangelio. Como bien conocen, nuestro padre Santo Domingo, en el viaje que realizó junto al obispo de Diego, se da cuenta de una realidad: la gente estaba necesitada del evangelio, desconocían a Cristo. Dicho contacto no sólo suscitó en Domingo el deseo ardiente de ir y anunciar a Cristo, sino que se hizo “compasivo”, al igual que Jesús, tal como nos dice el evangelista Marcos: “… viendo a aquellas gentes sintió compasión puesto que andaban como ovejas sin pastor… y se puso a enseñarles extensamente”(Mc.6,34). Domingo quiso predicar y anunciar a aquellas personas por las cuales se lamentaba: ¡Dios mío, qué será de los que aún no te conocen! ¡Qué será de los pecadores! Encarna la tarea del apóstol que se lanza por el mundo anunciando la Verdad: Cristo. Pero, no lo hizo por su propia iniciativa, sino inspirado por el Espíritu, poniendo todo en las manos del Padre, sustentando el éxito de dicha empresa con la oración y la doctrina(=es decir, el estudio; dos elementos fundamentales en nuestra vida).

  3. “y en el retoño herético su fuerza golpeó”… no porque fuera a exterminarlos, tal como nos han querido pintar algunas personas, con el tema de la Inquisición, en donde ponen a Domingo presidiendo un “auto de fe”. Sino, por el contrario, con las armas de la compasión, de la sabiduría, de la oración, de la escucha de Dios, de la Verdad. El mismo Dante en el Canto XI del Paraíso nos dice, cuando habla de nuestro padre: “Santo Domingo, dotado de esplendor querúbico por su sabiduría llevó a la Iglesia a la mayor fidelidad por medio de la predicación”[4]. Domingo se lanza a la tarea de la predicación y al anuncio del Evangelio, pero lo hace sin temor y con la confianza que leemos en el capítulo primero del profeta Jeremías, así como en el último versículo del Evangelio según San Mateo: “Dios estará con nosotros en todo momento”.

Estas lecturas –Jeremías 1,4-9 y Mateo 28,16-20– tienen dos temas fundamentales que quiero compartir: la llamada y la respuesta. Y ambas, en un contexto “vocacional” y un proceso de “formación”. Un asunto que se extenderá durante toda la vida, puesto que sólo termina al momento de nuestra muerte. Vivimos en un constante proceso de formación cada vez que identificamos en nuestras vidas una llamada de Dios y queremos responder a ella. Sin embargo, hemos de tener presente que, es una llamada divina y no humana. Es Dios mismo quien ha querido llamar a una MISIÓN concreta: a vivir un estilo de vida particular.

1. Dios llama y compromete a una tarea:

En la lectura del profeta Jeremías se nos proponen varios elementos a ser considerados en esta llamada:

a. Dios se acerca a la persona: “recibí esta palabra del Señor”(Jer.1,4). Es decir, es Dios mismo quien toma la iniciativa y no la persona. Por tanto, nuestra respuesta se constituye en una correspondencia a esa llamada. Se torna en un comprometernos con la respuesta dada, abriéndonos a la voluntad divina, identificando qué es lo que Dios quiere en mi vida y ¡cumplirlo! Ello exige de nosotros, una actitud de total humilitas, de apertura libre y dispuesta para escuchar en nuestro ser, en nuestra vida, en lo que somos… la voz de Dios. Es la actitud del Getsemaní: “Padre, que se haga tu voluntad y no la mía”(Mc.14,36); es la actitud del profeta Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”(1Sam.3,10); es la actitud de María: “He aquí la sierva del Señor, que se cumpla en mí su palabra”(Lc.1,38). Es decir, Señor, toda mi vida está dispuesta a Ti, muéstrame lo que debo realizar. Enséñame el camino que he de seguir… hazme dócil a tu palabra. Pero ello, hermanos, es sumamente difícil. ¡Somos humanos!, y en ocasiones, podemos mal-interpretar esta palabra divina. Podemos caer en los riesgos de querer hacer coincidir la voz divina con mis deseos personales. Podemos “hacer decir a Dios lo que yo quiero oír y no lo que me dice”. Sin embargo, cuando se construye la vida desde esta dimensión tarde o temprano se termina todo, puesto que no estamos caminando conforme a Dios. Empeñarnos en realizar “cosas” sin ponerlas en las manos de Dios, sin abrirnos al discernimiento de su voluntad siempre acarreará dificultades porque no hacemos lo que debemos, sino lo que queremos. Sabemos que se dice: “los designios de Dios no son los humanos”. El ser humano puede proponer muchos planes, pero es Dios quien los lleva a la realización, quien los guía e inspira. Por eso, un conocido refrán nos recuerda que: “el hombre propone y Dios dispone”.
Nuestro padre santo Domingo fue un ejemplo de esta escucha de la palabra de Dios. Tal como dicen sus biógrafos: nuestro padre fundador “se sumergía constantemente en la oración… hablaba con Dios y de Dios… con Dios, en las largas noches que pasaba sumido en la oración y de Dios, cuando hablaba con los hombres”. Él es modelo de cómo hemos de construir nuestra vida en este caminar: nuestra vida debe ser un constante acercarnos a la oración. Ponernos en actitud de la escucha de Dios, tal como se nos dice en el texto de la Transfiguración. Entrar al silencio de nuestra vida o hacer de nuestra vida silencio para que aquella voz de Dios se haga escuchar.

Un segundo aspecto que nos propone el profeta sobre la llamada que hace Dios al hombre es que:

b. conoce y capacita a quienes llama. Es decir, “No me han elegido ustedes, sino que he sido Yo mismo quien les eligió”(Jn15,16). Y en cuanto que es elección divina, Dios prepara a quienes ha llamado para la tarea a la que destina. Dios no da cargas pesadas que el ser humano no pueda soportar. Y cuando llama, va preparando paso a paso para que la persona pueda realizar lo que se le ha pedido. Sin embargo, ello exige también un corazón dispuesto a dejarse guiar. Si no nos dejamos guiar, si nos cerramos a la experiencia de Dios en nuestras vidas iremos perdiendo no sólo el sentido de lo que hacemos, sino también el rumbo. Y cuando eso sucede, nos encerramos en nosotros mismos, nos comenzamos a “disgregar” en diversas cosas que nos arrancan de la tarea a la que hemos sido convocados. La pregunta que les invito a reflexionar es la siguiente: ¿cómo es su dejarse guiar por Dios? ¿Cómo construyen su vida? ¿Lo hacen desde Dios?, o por el contrario, ¿se sienten autosuficientes y sin necesidad de Él? ¿Qué cosas motivan sus vidas? Somos humanos y podemos poner trabas a la llamada de Dios. Sentiremos temor en muchas ocasiones. Podremos decir con el profeta: “pero, soy apenas un niño, mira que no sé ni hablar”(Jer.1,6). Pero, ¡no podemos dejar que estas dimensiones humanas nos ganen! “El espíritu es animoso, pero la carne es débil”(Mt.26,40). Y hemos de transformar esa debilidad en radicalidad de vida. En compromiso libre para con lo que vivimos. Sin trabas ni ataduras… sin otras cosas –que no sean Dios[5]– y que nos arranquen de vivir conforme a la voluntad de Dios. Nuestro padre santo Domingo estaba consciente de ello. Conoce que por sus propias fuerzas el hombre no puede alcanzar nada. Por ello, no realizaba nada sin antes, abrirse a la experiencia de la escucha de Dios por medio de la oración. Cuando tiene lugar la dispersión de los frailes, él no se centra en los criterios humanos que le decían: “¡es una locura!”, sino que pone su confianza en Dios. Sabe perfectamente que es Dios mismos quien hace producir y si ha llamado, no va a abandonar a quienes ha llamado. Por eso, el profeta Jeremías nos recuerda que: “no debemos temer, ya que Él estará con nosotros para salvarnos”(Jer.1,8). O como nos recuerda el último versículo del Evangelio según San Mateo: “…sepan que yo estaré con ustedes hasta la consumación de los tiempos”(Mt.28,20). Es decir, poner nuestra confianza en Dios, dejarnos guiar por Él, debe llevarnos no sólo a descubrir su presencia en nuestras vidas, sino también a reconocer que va siempre a nuestro lado, con nosotros… cargándonos… como dice la historia de Huellas en la arena. Si vivimos esto, estamos en el camino de hacer de nuestra vida una, de constante respuestas a la llamada de Dios. [CONTINUARÁ]

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[1] Dante llamó a su libro La Comedia. El calificativo de “Divina” surge a partir del 1555 en el título de la edición realizada por Ludovico Dolce.
[2] Dante Alighieri (1265-1321) poeta florentino.
[3] ALIGHIERI, Dante. La Divina Comedia. Paraíso. Canto XII. ALMEN EDITORES, S.R.L. Colección Pluma de Oro. Lima. s.f. p. 179.
[4] Paraíso. Canto XI. cfr. Íbid. p. 178.
[5] Esta es la idea central del “desasimiento” de Meister Eckhart.

jueves, 12 de julio de 2007

ANUNCIAR EL REINO DE DIOS, “A TIEMPO Y A DESTIEMPO”, SIN TEMOR, SIENDO DISCÍPULOS DE JESÚS


En los Salmos encontramos la siguiente expresión: “Confía en el Señor y practica el bien… que el Señor sea tu único deleite”(Sal.36,3). Tal aseveración nos lanza una propuesta: a que pongamos nuestra confianza en Aquel que siempre está dirigiendo nuestra vida. Es decir, a que abramos nuestro corazón a Su presencia. Pero, ello exige de nosotros una actitud totalmente libre. Para los hebreos, el corazón significa mucho más que el órgano del cuerpo: para ellos, “corazón” es el contenido de toda la vida. Es decir, abarca la vida misma. Esa vida que se construye en el día a día, con todas las riquezas y carencias, con todos sus problemas y dificultades. Y es, precisamente, a “esa vida” a la que hay que corresponder desde lo que somos. Sin quedarnos detenidos o sin ganas de caminar, porque todo aquello que hagamos nos va llevando, paso a paso, a la consecución de nuestra misión en este mundo. Pero, tenemos que vivir aquella misión desde la “experiencia de Dios”, desde el discernir en todo lo que hacemos la voluntad divina; de descubrir, desde lo que somos, desde lo que nos hace ser quienes somos, qué es lo que Dios quiere en nosotros y vivirlo. Nadie dijo que sería fácil, como diría el poeta César Vallejo (1892-1938): “hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me ha gustado vivir”(poema: “Hoy Me Gusta la Vida Mucho Menos”). Es decir, vivir siempre constituye enfrentarnos a dificultades. Vivir siempre es una experiencia que duele, puesto que nos exige “estar siempre prestos a dar respuestas”(1Pe.3,15). Y estas respuestas se nos tornan en ocasiones contra nosotros: pensamos que estamos haciendo las cosas y nos surgen dificultades, nos surgen piedras en el camino. Y nosotros, queremos por lo general, una vida sin preocupaciones. Una vida donde todo sea color de rosa. Una vida en la que la pasemos en paz, sin nada que incomode. Pero, sucede que la vida no es así. La vida es un caminar constante, en donde nos caeremos, en donde sentiremos cansancio, en donde experimentaremos desilusiones, en donde experimentaremos el sufrimiento de la muerte(…). Pero, ¡es nuestra vida y la debemos construir! Pero, ¿cómo debemos construirla? El Salmista nos lo ha dicho: “pon tu confianza en el Señor" Como sugiriéndonos, es cierto que habrán dificultades; que encontrarás que, al intentar vivir desde la experiencia de Dios, lo menos que tendrás es la paz y seguridad que ofrece el mundo. Porque, seguir el camino de Dios nos exige que seamos capaces de renunciarnos a nosotros mismos, frente a una sociedad que nos promete poder y riquezas, siempre y cuando pisoteemos(=pasemos) por encima de los demás. Ya lo dijo Jesús: “he venido a prender fuego al mundo… ¿creen que he venido a traer la paz? No. He venido a hacer la guerra”(Lc.12,49-51). Ha venido a invertir los criterios y formas en cómo comprender el mundo. Ha venido a transformar cada una de las situaciones en las que, el ser humano vive como si fuese el único habitante del mundo. Ha venido a confrontarnos con “el otro”. Ha venido a mostrarnos que, el Reino de Dios se construye desde la experiencia del amor. Y esto nos crea dificultades. Nos despierta conflictos, puesto que hemos aprendido y sido educados para vivir al margen de los demás. Hemos sido preparados para asegurarnos nuestra propia vida sin importar lo que suceda a quienes nos rodean. Y todo, porque así no tendremos dificultades. Decía el Quijote a Sancho: “tranquilo Sancho, si los perros ladran es porque estamos caminando”[1]. Y el poeta Machado decía: “caminante son tus huellas, el camino y nada más… caminante no hay camino, se hace camino al andar…”(poema: “Caminante, no hay camino”). Es decir, nuestra vida ha de ser aquella ocasión para caminar, para lanzarnos a la aventura de vivir desde el reconocimiento de la voluntad divina, identificarla en la vida personal y vivir conforme a ella. Esta es la invitación que se nos hace: vivir desde la experiencia del Reino. Vivir la fe desde la identificación con la persona de Cristo. Vivir y transmitir la experiencia del Dios que obra siempre en la Creación. Ser testimonio vivo de que Dios siempre actúa en la historia humana. No tengamos miedo de vivir la fe. No tengamos miedo de proclamar aquellas cosas en las que creemos, porque Dios siempre estará con nosotros. Tenemos la tarea del profetismo. Ser profetas en todos y cada uno de los lugares en donde se transcurre nuestra vida. Ser capaces de denunciar las situaciones de injusticia, de sufrimiento, de dolor y angustia para ese mundo “que sufre y gime dolores de parto”(Rom.8,22). Ser capaces de dar la vida por el Reino. Ser mensajeros de la paz, pero no como la da el mundo, sino desde aquella experiencia de anunciar las maravillas de Dios a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El mundo tiene hambre y sed de Dios. Y somos invitados a llevar esa experiencia, a compartir lo que vivimos nuestras comunidades, al reunirnos, para celebrar la fe. Tenemos la encomienda de hacer la diferencia. Pero, ¡no es fácil! Nadie ha dicho que lo sea, pero tampoco que sea irrealizable.
En el texto del evangelio se nos lanza una imagen del lugar en donde hemos de dar respuestas y testimonio de nuestra fe. Nos dice Jesús: “los envío como a ovejas en medio de lobos”. Es decir, allí, en donde el ser humano sufre por culpa del ser humano, tienen que meterse para transformar, para invertir los criterios y valores de la sociedad. Para proclamar la riqueza y el valor de cada persona, para decir al mundo que “el ser humano no es un lobo –aunque algunos lo parezcan– capaz de devorarse a otros”(Thomas Hobbes). No podemos tener esa visión tan negativa del ser humano. Y ustedes, frente a las ideologías que nos dicen que nada bueno puede darse en el mundo, tienen que apostar por vivir la esperanza. Tenemos que llevar el mensaje de Cristo a todo lugar. Y como les dije antes, no es fácil. Tampoco, si vivimos desde esa experiencia, tendremos tranquilidad, tal como la interpreta el mundo. Pero, sí, –y eso se los puedo asegurar– tendremos la compañía de Dios, que nos guiará y sostendrá a cada paso que vayamos dando. Y caminemos sin temor. Vayamos por el mundo sin temor, pues Dios estará con nosotros.
Es cierto que nos ha tocado vivir en tiempos complejos. Nuestros padres vivieron también tiempos difíciles, pero en su juventud, apostaron por vivir la fe en el Dios de Jesucristo. Gracias a su hacer la diferencia estamos aquí hoy. Ellos transmitieron la fe que, a su vez, recibieron de sus padres(…), y ahora nos corresponde hacer lo mismo. No tengamos miedo de las burlas. No tengamos miedo de lo que puedan decir de nosotros, porque Jesús nos dice: “si el mundo les odia, sepan que a Mí me odió primero”(Jn.15,18). Es decir, seamos fieles a lo que decimos creer. Seamos fieles a ésta, nuestra fe en Cristo. Abracémonos a Él y nos guiará en nuestro caminar por la vida, porque “quien persevere hasta el final se salvará”(Mt.10,22). Quien vive para Dios no encontrará en su vida, sino los frutos de ese vivir desde la voluntad de Dios.
Es cierto que hay muchas cosas que son más atractivas que todo esto. Pero, ninguna de ellas te va a dar la satisfacción de una vida en camino hacia la felicidad. Y eso no sucede porque sea del todo malo, sino porque cuando ponemos nuestra confianza en cosas efímeras, al haber saciado nuestra necesidad, ya aquello, pierde todo valor. Ya no significa nada para nosotros y tenemos el deseo de algo nuevo. Pero, la Buena Nueva del Reino es siempre algo nuevo. Nos interpela desde nuestro día a día. Nos exige vivir y renovar nuestra fe a diario, dando testimonio de que queremos decir que sí a la práctica del amor. Pero, que sea un SI que es fiel y que no se desvanece cuando aparecen las primeras dificultades. Ustedes han sido valientes en estar aquí. Correspondamos a la invitación que Dios nos ha hecho, pues podemos optar por quedarnos en Casa, en fiestas, en el Centro Comercial, en la cancha (…), pero ¡no! Hemos querido seguir a Cristo siendo sus discípulos/as. Hemos decidido hacer una diferencia. Pues bien, vivamos conforme a esa decisión. Transmitámosla. Hagamos partícipes a otros, de lo que hemos encontrado y estamos viviendo junto a nuestras comunidades eclesiales, con un corazón sencillo, con nuestro propio lenguaje. Por eso nos recuerda Jesús que, “no busquemos nuestras propias palabras, sino que el Padre pondrá sus palabras en tu boca”(Mt.10,19). Es decir, si estamos viviendo radical y libremente esta experiencia, que nuestra vida sea el testimonio de ello. No necesitamos discursos enormes. No necesitamos tener mucha ciencia, puesto que, quien vive desde Dios, no hará sino expresar con su propia vida a Dios.Que VIVAMOS LA EXPERIENCIA DEL AMOR. Y no tengamos miedo. No tengamos miedo de ser quienes somos. No tengamos temor de vivir y anunciar el Reino de Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

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[1] Esta frase se atribuye anecdóticamente al Quijote.

martes, 3 de julio de 2007

“PORQUE ME HAS VISTO HAS CREÍDO: DICHOSOS LOS QUE CREEN SIN HABER VISTO” (Jn. 20, 19-31)


Este texto es uno de los más comentados de los evangelios. La frase que se le dice a Tomás, en respuesta a su incredulidad, a su falta de confianza en la palabra de sus compañeros se ha popularizado en nuestros ambientes cotidianos de vida, donde cada vez que necesitamos validar lo que decimos, que de por sí no resulta muy convincente, apelamos a ella y nos hacemos su préstamo para decir: “Dichoso quien cree sin haber visto”. Pero, ¿qué sentido tiene este suceso que nos ha presentado Juan en su evangelio? Para el evangelista, y en ello insiste mucho, como hemos visto en la liturgia de estos días, el aparecerse, el mostrarse, el darse a descubrir por el sentido de la vista implica que cada uno de esos encuentros da credibilidad a la resurrección, El “sepulcro vacío” no es una prueba contundente de que ha resucitado, sino ese salir de Jesús al encuentro, ese descubrirse a aquellos cercanos, ese dejarse percibir, dejarse ver es la mayor validez de que no se ha quedado oculto en una fosa, de que ha resucitado. Y con ello, los testimonios de quienes lo vieron, de quienes comieron y bebieron con él, se nos lanzan como una invitación a nuestra experiencia de maduración en la fe: dichosos ustedes que han creído sin haber visto.
La experiencia de la resurrección, el camino que estamos transitando al lado de aquel Jesús que venció la muerte es el fundamento de nuestra fe. No podemos quedarnos ni ser cristianos de un dios crucificado –como diría Jürgen Moltman–. Ha resucitado y ahora se acerca a los suyos. Es como ese sentido “humano” de necesidad, de mostrarse a aquellos que, seguramente por el amor con que se trataron, le reconocerán de inmediato. Pero, Tomás se muestra muy incrédulo. Para él, el Jesús que les transformó la vida seguía en el sepulcro donde fue puesto. Su razón le impedía aún, concebir la posibilidad de que hubiese abandonado las tinieblas de la muerte. ¿Cómo que está vivo? Yo lo vi, allí, en la cruz, sus manos y pies atados por los clavos. ¿Acaso creen que me voy a comer el cuento de que se ha aparecido? Y envía la sentencia: “para que yo crea, tengo que verlo, meter mi dedo en los agujeros de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré”. Es decir, la frustración era tal que necesitaba una prueba de lo que no podía aceptar sin fundamentos. No quería sufrir otra desilusión con aquel a quien creía el enviado de Dios, el Mesías esperado, que terminó en una cruz. No podía entregarse a la esperanza de algo que no era probable porque quien ha muerto es imposible que retorne a la vida. ¿Acaso olvidó Tomás las veces en que anduvo con Jesús en las maravillas que realizó? ¿Acaso no estuvo presente cuando Lázaro abandonó las tinieblas? ¿Por qué duda ahora? Es una pregunta interesante y a la vez compleja. Tomás sufre el desánimo(=la soledad, la frustración... donde no logra liberarse de todo lo que humanamente posee) No encuentra posibilidad de resucitar ni llegar a una nueva esperanza. Jesús se ha marchado ya. No sé qué hacer. Estoy en las tinieblas de un vacío que no he querido, que no he buscado, pero que me lleva a anhelar, sin poderlo tener. Por ello, necesita pruebas para constatar si allí hay sentido. Si puede aferrarse a una nueva esperanza de que ese Jesús ha resucitado verdaderamente. Y con Tomás, ¿también necesitamos de esa prueba que nos diga que Jesús ha resucitado? ¿Somos cristianos que anuncian la resurrección o vivimos con un Dios que está muerto? ¿Cuál es la experiencia de Dios que transmitimos? ¿Cómo lo damos a conocer? ¿Nuestras acciones, nuestras vidas… se desarrollan en la experiencia del Cristo resucitado? O por el contrario, ¿se aferran a la desesperanza que nos lleva a gritar que queremos verlo?
Cuando nos encontramos en la necesidad de retomar nuestro proyecto personal de vida, y confrontarlo con el de la comunidad vemos que hay la obligación de muchas muertes. Las desesperanzas de una sociedad en la que el creer es trivializado como “un algo apto para beatos” nos llevan a callarnos, a escondernos todas aquellas cosas en las que creemos. Nos dejamos arrastrar por la experiencia de quienes sentimos que nos atacan las creencias que teníamos muy seguras. Caminamos conforme nos permite el núcleo social en el que nos movemos, donde se ha sacado a Dios de la vida del ser humano y con ella, la experiencia de un Señor resucitado se acalla en un tiempo de sombras; de dolor, de desesperanzas que se anidan en nuestra existencia y que nos llevan a la posibilidad de sucumbir en la oscuridad de un sepulcro y de una noche que aparenta nunca llegar a su fin porque se ha quedado vestida de muerte. La experiencia de estos días ha sido un encontrarse con ese Jesús resucitado de una forma personal y comunitaria, no para quedarnos con lo que hemos encontrado, sino para compartirlo por medio de las diversas ocasiones en que tendremos que dar testimonio de nuestra fe en ese Jesús que ha vencido la muerte.
La vida cristiana está marcada por momentos de aciertos y desaciertos como todo estilo de vida. Sin embargo, no podemos permitir que ese tiempo de morir nos determine la misma, porque nos irá acallando poco a poco el entusiasmo de lanzarnos en la aventura de lo que somos, de lo desconocido, de lo que nos parece irrazonable. Llevamos en nuestros pasos ese algo que nos impulsa desde el interior a abrazar nuevas formas, nuevas vivencias que nos lleven a ver desde el corazón, desde el alma, desde los sentimientos la maravillosa experiencia de resucitar. Nuestras historias personales y comunitarias en el diario vivir han de ser escuela, donde encontramos el espacio para realizarnos y para hacernos libres. Quizás no sean las historias más perfectas y alegres del mundo, pero lo esencial es que, a partir de lo que vamos construyendo como propio, imprimimos una identidad siempre joven y novedosa a la experiencia del Reino. Un reino en el que vivimos el encuentro con el resucitado que nos invita a dar testimonio de la fe.
El sepulcro –como dije antes– es una tendencia a las noches oscuras del alma. Son las ocasiones en que nos sentimos en la deriva, cuando nos concebimos carentes de sentido como Tomás lo estuvo. Pero, ahora que aquél, yace vacío, es una ocasión para alegrarse y gritar jubilosos: que nos ha salido al encuentro.
Cuando la esperanza se ha detenido y sólo nos queda tener que conformarnos con lo que nos da la realidad no nos hace sentir bien. Tenemos necesidad de creer en algo más allá, pero no es lo que queremos ni lo que se nos manifiesta. Nos aferramos a los momentos que nos aprisionan en la frustración, en cientos de preguntas sin respuestas, que se pueden convertir en ese sepulcro de nuestra vida, el que nos impide resucitar. Cuando pasamos cada una de nuestras muertes, el sepulcro es el lugar idóneo para habitar porque nos da la seguridad que no encontramos en la vida. Pero, en nosotros está la decisión de qué sentido daremos a ese sepulcro: ¿será el lugar que nos ha aprisionado el alma? O, ¿Será el lugar donde hemos enterrado todas aquellas cosas que nos opacan la fortaleza para mirar la vida al rostro? En la resurrección, el sepulcro aparece como la certeza de que Cristo ha resucitado. Sin embargo, ¿podemos tenerlo(=al sepulcro) como certeza de que hemos resucitado? Decía una de las poetas de nuestra América que: “quedar vencidos por la vida es peor que quedar vencidos por la muerte… lo segundo es inevitable, lo primero es cuestión de voluntad”.(Julia de Burgos) Nuestra vida es un constante caminar hacia la esperanza. Es a partir de ella que nos adquirimos y apropiamos del sentido que anhelamos dar a lo que realizamos. Es, el estímulo a nuestra agitada marcha en la búsqueda de dar respuestas a nuestras propias vidas.
Jesús afronta la actitud de Tomás: le llama y le ofrece las pruebas. Ven. Acércate. Pon tus dedos en los agujeros de los clavos. Mete tu mano en mi costado y no seas incrédulo. Sé creyente. Como diciéndole, hemos caminado juntos, y aún así dudas de lo que se escribió sobre mí. ¿Por qué desfallece tu fe? Tomás, se lanza en un acto de total adhesión a Jesús. Un testimonio que también nosotros reafirmamos cada vez que participamos en la eucaristía: Señor mío y Dios mío. ¿Cuántas veces nos sentimos necesitados de refirmar nuestra fe? ¿Nos hemos dejado atrapar por tantas corrientes que se cuelan con filosofías extrañas a lo que ha de ser nuestra identidad de cristianos? ¿Cuál es nuestra opción de vida? El Jesús que ha resucitado nos sale al encuentro en los diversos momentos de nuestra vida. Que en el caminar cotidiano no se nos cierren nuestros sentidos por los anhelos de la razón y la necesidad de pasar todo por el filtro de ésta, anulando la sensibilidad que nos permita gozar, como a sucedió a Tomás, la alegría su presencia. En este mundo tan lleno de discordias, de desigualdades, de guerras, de injusticias, que la paz que da el Señor resucitado sea nuestro escudo y profesión de obrar. Y que nuestras actitudes, nuestras creencias sean tales, para que no tengamos que sufrir la llamada de atención por parte de Jesús, sino que, como aquellos que se alegraron al verle, salgamos a proclamar que ha dejado el sepulcro y se ha aparecido, caminando con nosotros en cada uno de los momentos de nuestro peregrinar humano.

domingo, 1 de julio de 2007

VIVIR LA OPCIÓN DEL AMOR COMO EXPERIENCIA DEL REINO



Vivir como cristiano es la tarea de optar por el Reino. Pero este REINO no puede ser uno cualquiera, pues nos exige trabajar conforme a unos valores y principios que emanan de la misma persona de Jesús. Ese es el testimonio que nos da el evangelista Juan en 15, 9-17. Recordamos que en la narración de los relatos de la Pasión que propone Juan, frente el interrogatorio de Pilatos, Jesús manifiesta que “mi reino no es de este mundo”. Y, precisamente porque no es de este mundo está marcado por la vivencia radical del amor. Se nos exige ser discípulos que continuamos la tarea propuesta por el Maestro. Y la tarea de todo discípulo de Jesús consiste en hacer lo que él hizo. Pero, ¿qué hizo Jesús? ¡Amar! “El que me ama guardará mis palabras. Las cumplirá y mi Padre le amará...” Es justamente el mensaje de este Reino que es de la Verdad. Por tanto, el primer tema que expone a consideración este evangelio es el amor y la fidelidad al mensaje de Jesús. Pero, ¿cuál es el contenido de este mensaje? ¿Cuáles son las exigencias de este amor?
Amar a Jesús es identificarse con su persona. Jesús nos manda a seguir su ejemplo. A “hacerlo tal como él lo hizo: no hay amor más grande que quien da la vida por sus amigos”. Es decir, nos descubrimos cumpliendo su voluntad cada vez que nos hacemos hermanos de quien se nos aparece en nuestro camino.
La vida cristiana es el caminar dentro de un contexto de compromisos. Nos adueñamos de una esperanza que nos mueve en la búsqueda de la realización. Identificamos en la persona de Cristo y en su mensaje un proyecto al que nos sentimos inclinados/as a seguir. Ello nos lleva a comprometernos con el mismo ser humano y esta obra nos transforma en discípulos/as: “ustedes serán mis discípulos si hacen lo que yo les mando”(Jn.15,14) Pero este realizar lo que les mando ha de ser entendido en un contexto de libertad. Y la vida –en ocasiones– se puede tornar en pequeños espacios donde la libertad adquiere un sentido fatalista. Por un lado se reduce la libertad al simple deseo, pero sin la comodidad de sentirnos libres con las decisiones tomadas.
En el texto de Juan –que debe ser leído con el capítulo decimocuarto del mismo evangelio– se nos proponen cuatro postulados que pueden considerarse el modelo concreto de nuestro testimonio como discípulos: “si mantienen mi palabra serán mis discípulos, conocerán la verdad y la verdad les hará libres”. Y ello, no es otra, cosa sino la exigencia a la que nos compromete de una forma radical en el seguimiento y discipulado cristiano.
  1. si guardan(=mantienen) mi palabra: es la condición inicial de la cual derivan todas las demás condiciones del discipulado. La experiencia de nuestro caminar en la fe no es menos que la custodia de esta palabra “la que nos impacienta desde las entrañas como a punto de estallar, transformando nuestro ser”. Guardar las palabras es la aceptación del mensaje de Cristo; dejar que nos afecte; que nos hiera; que nos impacte. Permitir que se nos introduzca hasta lo más profundo y nos haga diferentes. Guardar las palabras es enriquecerse para luego dejarse empobrecer. Es llenarse de Dios para luego darlo. Es el vaciarse de nuestra humanidad para dejar a Dios que se haga en nosotros/as.
  2. Serán mis discípulos: Guardar las palabras es afín a todo discipulado. Es la condición de dejarlo todo por Cristo: “Ven y verás”. Es, –como les dije antes– la novedad de un proyecto hacia lo incierto, donde las seguridades son anuladas con el ahora. Es decir, con el presente. Es lanzarse con todas las fuerzas a nuestro proyecto de Dios en la comunidad. Es decir desde nuestro ser: Aquí estoy Señor, ¿qué quieres que haga? Es la capacidad de escucha de las palabras que nos llaman cada día: “ven y verás”.
  3. Conocerán la verdad: Guardar las palabras permite conocer la verdad, pero ¿qué es la verdad? Pregunta Pilatos a Jesús. Conocer la verdad conlleva el vaciarse totalmente para Dios. Es estar en la disposición de dejarse habitar por él; de hacerse pobres de espíritu para que sea en nosotros/as y se transparente por nosotros/as. Es en otras palabras, ser espejos de Dios.
  4. La verdad les hará libres: El proyecto cristiano es un proyecto de libertad. La libertad por medio de la verdad se extiende hasta el testimonio que nos obliga a dar el conocimiento de ella. Es la transmisión de una Buena Noticia que nos afecta el alma hasta que la comuniquemos. Es la animosidad de dar a conocer aquello que nos ha hecho sentir llenos y que anhelamos llene a otros. Es la inclinación que no nos deja tranquilos/as hasta que no la demos a conocer. Es la libertad de ser felices porque realizamos y nos gozamos en lo que hacemos. Es el hacer de nuestra Vida una fiesta en y desde Dios. ¿Cuándo fue el último momento de este sentimiento en mi Vida? ¿Cuándo fue la última vez que me sentí libre?

A menudo podemos corrernos el riesgo de pensar en términos muy humanos: Señor, pero ¿por qué me suceden todas estas cosas? Si todo fuera distinto, si tú realizaras las cosas como debes, nada malo me sucedería. Ponemos a prueba a Dios y nos aferramos a nuestros propios caprichos, esperando que él venga en personas a hacernos la vida. Pero, ¿dónde queda nuestra identidad de cristianos? ¿Dónde queda nuestro compromiso con el amor? Somos muy hábiles para hacernos de enemigos. A veces es una tendencia irremediable, y casi no lo podemos evitar. Pero, las palabras que les dejo son estas: que se amen unos a otros como yo les he amado. Es decir, Padre, que sean uno como tú y yo somos uno. Pero, mientras existan conflictos que nos llevan a ver al otro como rival, no podremos dar continuidad al mensaje de Cristo. Ser miembros de una comunidad en la que todos somos hermanos.
Sentimos necesidad del amor. Dicen los estudiosos que una de las necesidades básicas del ser humano es amar y ser amado. ¿A quién no le gusta que le apapachen en una ocasión? ¿A quién no le gusta que le digan palabras bonitas que le hagan sentir bien?... A quién no le gusta que le digan, mi chulería de persona, mi angelito, mi corazón, eres una de las riquezas de mi vida. Es que te amo porque nadie como tú... es que eres una de las maravillas de mi vida... y otras tantas que si enumeramos, terminamos mañana... Pero esta experiencia exige reciprocidad. Dar y obrar para con los otros el amor, la paz, la unidad, la fraternidad, la vida desde la experiencia de Dios.Pidamos que en los momentos de nuestra vida, el corazón sea un pozo en el que encuentran resonancia las palabras de Jesús que nos invita a amar. Que nos dice: te llamo amigo porque todo lo que he conocido de mi Padre te lo he comunicado… haz tú lo mismo. Que seamos esos discípulos que, habiendo conocido las palabras del Maestro, nos lanzamos a la experiencia de amar… capaz de dar la vida… de transmitirla… de compartirla en la experiencia de la compasión.

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jueves, 28 de junio de 2007

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO


"Origen de la fiesta San Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.
Los cadáveres de San Pedro y San Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas, después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por San Pedro y San Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de San Pedro y San Pablo ha sido conmemorada el 29 de Junio desde entonces.
El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros. (Pedro y Pablo, Santos Fiesta, 29 de junio. por Tere Fernández Fuente: Catholic.net. Para el texto completo puedes visitar la siguiente dirección: http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=1274. Por favor, ¡patrocina esta página catolica!)"

Para la Reflexión Personal
por Fr. Ismael
En el texto evangélico de Jn.21,3 se nos proponen diversas escenas que son necesarias para nuestra reflexión. En una de ellas, todo se silencia. Después de haber comido tiene lugar el acontecimiento para Pedro: ¿Me amas? Muchos han expresado que estas preguntas que hace Jesús a Pedro es para que se arrepienta de haberlo negado tres veces (Mt.26,69-75;Mc.14,66-70), pero también podemos leerlas en base a la misión y tarea que se encomienda. Es decir, a Pedro se le encomienda una tarea, pero antes de realizarla, tiene que estar dispuesto no sólo a manifestar su amor y adhesión a Cristo, sino también, ser capaz de confirmarla una y otra vez, cada ocasión que se le pregunte. Y lo que es fundamental: estar dispuestos para asumir nuestro testimonio de unión a Él hasta las últimas consecuencias.
El encuentro con la persona de Cristo tiene esas exigencias: confirmar nuestro seguimiento. No sólo de palabras, sino también con nuestras acciones. Exige de nosotros la capacidad de emprender el camino; la marcha, el rumbo como sus seguidores, siempre dispuestos a confirmar nuestra identidad de cristianos ante los demás, cada vez que se nos pida que expresemos aquellas cosas en las que decimos creer. Sin embargo, en la sociedad actual, nosotros como cristianos nos quedamos muy “pobres”. Tenemos miedo de expresar nuestra unión a la persona de Cristo y nos silenciamos. Nos callamos y hasta escondemos, para que no nos identifiquen como cristianos. Y ahí, tenemos que confrontarnos desde la experiencia de este evangelio que escuchamos. Preguntarnos, ¿amamos realmente a Cristo? Y, si lo amamos, ¿cómo estoy actuando? ¿Doy testimonio de ello ante el mundo? O por el contrario, ¿me hago silencioso a la injusticia? ¿Me hago de la vista larga, cerrando los ojos, ante la necesidad de los demás? ¿Me comporto solidario con quienes sufren, o me endurezco el corazón? Hay una pegatina para los autos que dice: “Si crees en Cristo que se te note”. Y es que nuestra vida debe ser reflejo de nuestra fe en Él. Si no obramos conforme a los criterios e ideales que brotan de su persona, de su mensaje, simplemente estamos haciendo una “burla” a lo que debe ser nuestra fe cristiana. Ojalá que cuando nos contemplamos en nuestra vida cristiana no nos sorprendamos así.
Una vez Pedro ha confirmado su amor a Cristo, se le da una encomienda: “Apacienta mis ovejas”(Jn.21,15-17). Y de ahí la nueva llamada: “¡Sígueme!”(Jn.21,19). O sea, como diciéndole: ya has expresado que me amas y que estás dispuesto a llevar ese amor hasta las últimas consecuencias. Has aceptado la tarea que te he encomendado, ahora empieza a caminar. ¡Sígueme! Esta es una llamada que se nos hace a diario. Respondamos desde nuestra realidad, desde nuestra vida misma, con nuestras palabras y obras, cada día, a esa invitación. Intentemos construir no sólo nuestras vidas, sino también nuestros hogares, nuestros trabajos, el mundo y todo nuestro diario vivir a partir de esta identificación con la persona de Cristo.
Pablo, por su parte, nos propone algo concreto: “pese a las vicisitudes de nuestra vida, hemos de poner nuestra confianza en el Señor”. Es Él quien nos da las fuerzas para enfrentarlas. Esta es una experiencia que nos refiere al contexto del “Getsemaní”. Podemos pensar, a lo largo de nuestro caminar, que cada una de las cosas que nos acontecen son “pesadas cargas que nuestros hombros no soportan”. Con ello, correr el riesgo de intentar hacer las cosas dejando a Dios de lado. La sociedad nos propone este estilo de vida. Nos dice que, “creer” en estos tiempos es algo pasado de “moda”. Que la vida puede construirse al margen de “lo religioso” –que es buscado, sólo cuando están las cosas peores–. Pero, lo triste es, que al obrar de dicho modo, conforme a los postulados que nos venden los estatutos sociales, perdemos el camino de nuestra vida. Nos empobrecemos poco a poco. Nos llenamos de insatisfacciones y dificultades porque, hemos decidido hacer de “esa, nuestra vida” algo sin Aquel que es el que la orienta, la guía y construye día tras día. (Contemplemos la figura de Job). Dije antes, que Pablo, en 2Tim.4,6-8.17-18 nos orienta al Getsemaní porque nos invita a poner nuestras vidas en las manos del Padre. A reconocer que, no hacemos la vida por nuestros propios méritos o iniciativas, sino que es Él mismo quien nos mueve. Es la invitación a ponernos en actitud de humilitas, reconociendo que: “se cumpla su voluntad y no la nuestra”. Que ponemos nuestras vidas en sus manos para que Él cumpla su voluntad. “No lo hemos elegido, sino que Él mismo nos ha elegido”(Jn.15,16). Y en otro lado se nos dice: “somos siervos inútiles que no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”(Lc.17,10). Pedro y Pablo lo entendieron de este modo. Ellos no sólo siguieron a Jesús, sino también que lo amaron. Y “lo amaron hasta el extremo”. Pidamos al Padre que nuestro testimonio de adhesión y unión a la persona de su Hijo sea siempre fermento del testimonio de una fe que se torna viva en el anuncio del mensaje del Reino.

martes, 26 de junio de 2007

LA ADHESIÓN A CRISTO COMO EXPERIENCIA DE CONOCERSE HACIENDO EL BIEN


“Porque hemos hecho una buena obra se nos interroga”(Hch.4,9) es la interrogante que lanza Pedro inspirado por el Espíritu. Es, como queriendo decir: aún se mantienen con el corazón cerrado a todo aquello que es bueno. ¿Todavía se obstinan en no permitir que entre el bien en sus vidas? A menudo nos dejamos dominar por aquellos resentimientos, por sentimientos y experiencias que nos cierran el corazón al bien, a lo que es bueno, a lo bondadoso, opacando de esta forma nuestra capacidad de obrar, descubrir e identificar el bien, lo bueno, lo bondadoso. Nos hemos dejado atrapar por una sociedad que nos vende otros estilos de vida, que nos cierran la mirada al bien y hemos permitido que eso suceda. Nos hemos vestido con máscaras de razón, de ideologías, de pasar por el filtro de lo que tiene que dar razones para todo aquel acto (libre) de hacer el bien –y no es que estamos en contra de la razón–. Pero, sucede que el bien, lo que es bueno… no tiene que dar razones, pues las mismas emergen, brotan, estallan… de la actividad realizada. Pero, la sociedad nos educa para no ver en dichas acciones el bien que hay, sino para que busquemos lo que está de fondo. Aquellas intenciones ocultas que, a los ojos de quienes no consideran que se pueda hacer el bien así sin más, esgrimen, para pasar por el filtro de la duda lo que se hace y es bueno.
Recuerdo siempre una frase que se encontraba en letras enormes a la entrada de una cárcel: "Cuando hago un mal todos lo recuerdan, pero cuando hago un bien todos lo olvidan". Es como si nos hubiésemos ido robotizando poco a poco y en nuestros chips mentales nos hubiesen puesto un antivirus que nos hace inmunes al bien. Pero, ¿qué nos está pasando? ¿Por qué nos cerramos a la experiencia del bien? Por qué nos sentimos raros cuando alguien nos hace el bien y nos tenemos que escudar detrás de la búsqueda de razones que nos expliquen su obrar y no conformes con ello, les lanzamos preguntas como las siguientes: ¿qué te traes entre manos? ¿Qué me quieres pedir? ¿Qué necesitas? ¿Me haces el bien porque quieres o tienes intenciones ocultas?... Acaso ¿nos resulta más fácil obrar el mal, porque nadie nos va a pedir razones del actuar?
Pedro y Juan se encuentran en esta encrucijada. Han tenido un “acto de bondad” para con un enfermo y aquellos, quienes mataron al que pasó haciendo el bien, ahora se lanzan al ataque de éstos. Intentan ser piedras de estorbo para los apóstoles que no hicieron más que, lo que tenían que hacer. Se entregaron libremente en las manos de aquel que es quien realiza las obras. Ellos lo dejan muy en claro. No hemos hecho nada nosotros, sino aquel al que ustedes mataron y que Dios resucitó, él, que reina sobre el mundo, es quien realiza la obra… somos instrumentos en sus manos. Un testimonio enorme de vida que nos lleva a considerar en nosotros aquellas ocasiones en que realizamos una obra, a cuestionarnos, ¿qué lugar ocupa la presencia divina en nuestras vidas? ¿Lo vemos(=a Dios) como quien obra o por el contrario, nos comprendemos a nosotros como quienes hacemos las cosas? ¿Cuál es nuestro testimonio de Dios?
La segunda invitación que dejo para este día es a descubrirnos en el amor del Padre. Aquel que nos ha amado primero nos invita a amar. Es la experiencia de aquel Jesús que, en la versión del lavatorio de los pies como suceso de la última cena narrada por el evangelista San Juan, recordaba a sus discípulos: “Sepan que no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos… ustedes son mis amigos porque todo lo que me ha revelado mi Padre se los he dado a conocer… si el mundo los odia, sepan que a mí me odió primero…”(Jn.15,15-19). Y dicha experiencia se nos manifiesta: ¡el mundo no nos conoce porque no lo reconoció a él!(1Jn.3,1). Y es que, aquella unión, aquella identificación, aquella adhesión con el Cristo que nos invita a amar no nos lleva a hacer otra cosa sino a amar. Ello lo descubrió muy bien San Agustín, cuando dijo: Ama y haz lo que quieras. Y con toda razón lanzó dicha invitación, porque quien ama, no hará otra cosa que no sea amar. Es la invitación que nos hace el apóstol en su carta: por medio del amor, por medio de ese testimonio de hacer el bien, por la imitación de Cristo en la experiencia de amar, nos convertimos en hijos “a los que el Padre ha llamado hijos de Dios…”(1Jn.3,1). Es la experiencia de “conocernos”, no como una vivencia cerrada solo a lo intelectual, sino como experiencia de vida. Es el ser y vivir como hijos de Dios en la medida en que, adheridos a la persona de Cristo nos dejamos guiar y obramos tal como él lo hizo. Así, “escucharemos y conoceremos su voz, la voz del Buen Pastor”(Jn.10,14).
La experiencia del pastoreo es una tarea que todos realizamos en la vida diaria. A unos corresponde el pastoreo de la comunidad cristiana de la Iglesia, a otros, el pastoreo de su hogar, de su familia… pero, ¡todos estamos congregados en un rebaño universal del cual Cristo es el pastor supremo!(Jn.10,16) Sin embargo, ¡cuán a menudo nos olvidamos de que somos rebaño! Nos entregamos sin miramientos al “prestigio” que concede la tarea de servicio que implica el “ser pastor” y nos olvidamos de que también somos rebaño. ¿Nos dejamos guiar por el Buen Pastor? O, por el contrario ¿nos hemos convertido en asalariados? ¿Cuál es mi experiencia en este rebaño? Quien conoce o ha vivido el acompañamiento de un rebaño desempeñando la tarea de pastor conoce las vicisitudes que ocurren en la tarea. Estar al cuidado de ovejas no es fácil. Hay que llevarlas a pastar a la hora, cuidar de su salud, estar pendiente de que no sean víctimas de los “lobos”, seguir a aquellas que se desvían del rebaño, buscar a la que se pierde, etc… Y esta experiencia es la que nos desarrolla el evangelista en labios de Jesús: “Yo soy el buen Pastor… doy la vida por las ovejas, por eso el Padre me ama”(Jn.10,1.17). El buen pastor es aquel que realiza el bien para con su rebaño, aquel al cual “las ovejas conocen” porque las ama, a cada una llama por su nombre. Pero, ¡ojo!, hay pastores que se convierten en lobos y no realizan nada bueno para con las ovejas. Sólo las tienen para servirse de ellas, para que estén a su disposición y sacar el mayor provecho. Se convierten en asalariados y en lobos que se las devoran sin compasión, porque no hay bondad en sus corazones. Y a ellos, las ovejas no los siguen, porque ¡no reconocen su voz! Que en los diversos momentos de nuestras vidas aprendamos a ser pastores y rebaños del cual Jesús es el Pastor supremo. Que aprendamos a dejarnos guiar por aquel que nos invita a hacer el bien. Que aprendamos a ser y tener sensibilidad para descubrir el bien, lo bueno, la bondad en todo lo que realizamos por la asistencia e iniciativa amorosa del Padre que nos llama y convoca a ser sus hijos.