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lunes, 18 de febrero de 2008

EN BLANCO Y NEGRO: VESTICIÓN DEL HÁBITO DOMINICANO E INICIO DEL NOVICIADO


“Que con este vestido vivan lo que aspiran ser y sean lo que aspiran a vivir: predicadores”… con estas palabras exhortaba el Provincial de Colombia, Fray José Gabriel Mesa Angulo, O.P. a los dieciséis jóvenes que el sábado 9 de febrero de 2008 vistieron por primera vez los colores blanco y negro de nuestro hábito dominicano. Desde tempranas horas de la mañana iniciamos –en nuestra mayoría– el viaje que nos llevaría desde Bogotá hacia Chiquinquirá –con la debida estación en COLFRANCE– donde descansa la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Viaje lleno de emociones y de reconstrucción del camino que recorrí –junto a Fray Yamil– en enero de 2001 para iniciar retiros junto a los –en aquel entonces postulantes– que iniciaríamos el Noviciado.



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Según nuestras Constituciones “el Noviciado es el tiempo de prueba, ordenado a que los novicios conozcan más profundamente la vocación divina y propiamente dominicana, experimenten el estilo de vida de la Orden, asimilen de mente y de corazón el espíritu dominicano y los frailes comprueben su propósito e idoneidad…”(cf. LCO#177). Es decir, es el tiempo de “lo mutuo”: mutuo conocerse, mutuo experimentar la vida, mutuo discernir sobre un estilo de vivir en particular, etc., porque si bien es cierto que el novicio –candidato a la Vida Religiosa– experimenta de modo más profundo nuestro estilo de vida, no es menos cierto que nosotros, como hermanos dentro de la gran familia que es la Orden de Predicadores vivimos, compartimos, experimentamos y contemplamos al joven antes de su posible ingreso definitivo a “nuestra religión”(cf. LCO#1§IV). Por ello, desde el inicio del Noviciado el candidato pide “la misericordia de Dios y de la Orden de los frailes predicadores” como gesto mediante el cual se pone en las manos del Padre –quien le ha llamado– y en la de los hermanos –quienes le acogen como frater en la comunidad a la que Dios mismo le ha traído–. “Pedir misericordia” es una actitud de completa humilitas y vulnerabilidad. Humildad, en cuanto nos reconocemos como “servidores inútiles que no hacemos más que lo que tenemos que hacer”(cf. Lc.17,10) y vulnerabilidad, en cuanto que nos confiamos plenamente a los hermanos. Ponemos nuestras vidas en sus manos pese a que no sabemos lo que van a hacer con ella. Pero, ¡ellos también se ponen en las nuestras!



Ahora bien, la misericordia tiene que ser entendida en sentido recto. No es la misericordia que se convierte u homologa a “miserabilidad” o a “permisibilidad” –donde todo se me tiene que soportar por el simple acto de haber pedido misericordia–[1] sino que, pedir misericordia es la actitud de reconocer que pese a poner todo mi empeño, pese a no buscar tal o cual situación, “la fregamos”. Ahí es cuando se dice: “hermanos, apelo a la misericordia que pedí en una ocasión” –pero con la disposición de “no volver a…”–. Y lo fundamental, pidiendo la asistencia divina ya que nosotros, por nuestro propio esfuerzo no podemos. Allí es donde se vive la misericordia de los hermanos, puesto que la de Dios siempre la tenemos como don gratuito. Como dije, este es el primer gesto que nuestro hermano Ernesto realizó y por el que ha querido abrazar nuestro estilo de vida. Será un tiempo para aprehender, madurar y vivir la misericordia”.



Decía Fr. E. Lacordaire: “Hemos escogido la Orden de Predicadores porque ella se acomoda a nuestra naturaleza por su gobierno, a nuestro espíritu por su doctrina y a nuestra finalidad por sus medios de acción en la predicación y el estudio a la verdad”. Principio que, como frailes predicadores, abrazamos desde la vestición del hábito dominicano. Asumimos un proyecto de vida evangélica no por nuestros propios méritos y esfuerzos, sino guiados por la voluntad e iniciativa divina que nos ha convocado a vivirlo desde el amor. ¡Y qué mejor modo de vivir el evangelio en la Orden de Predicadores! ¡Qué mejor manera para significar que el blanco y negro –sin que signifique esto que perdemos el sentido de los colores– nos identifican! Vestimos aquellos colores en nuestro hábito como signo de nuestra consagración a un estilo de vivir concreto. Con ello, dejamos muy en claro que anhelamos abrazar con total entrega esta expresión del Evangelio que el mismo Dios, por la acción del Espíritu, inspiró en nuestro santo padre y fundador Santo Domingo de Guzmán.



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Reza un proverbio muy conocido: “El hábito no hace al monje, pero lo distingue”. Y esto se aplica muy bien a nuestro estilo de vida. Si bien es cierto que, el hábito no nos hace quienes somos, no es menos cierto que es un símbolo por el cual nos identifican como miembros de la Orden de Predicadores. En la predicación, realizada por Fr. José Gabriel, recordaba el momento de la predicación de Fr. Adalberto Cardona, O.P. en su vestición del hábito. El tema central, al igual que la de Fr. Adalberto –en aquel momento– fue el sentido teológico de las vestiduras. En ella, exhortaba a los novicios a llevar con dignidad el hábito, puesto que, de ahí en adelante serían identificados como predicadores. La gente, al mirarlos, no verán a “tal o cual persona”, sino que verán a los predicadores. Así como las diversas profesiones pueden ser identificadas por medio de sus uniformes, para la Vida Religiosa, los distintos estilos de hábito nos testimonian de cara a la sociedad. Y la gente espera que correspondamos en nuestras actitudes con lo que representamos.



Concluida la predicación tuvo lugar la vestición. Cada uno de los candidatos a iniciar el Noviciado fue llamado por su nombre y presentado ante el Prior Provincial –en representación del Maestro de la Orden Fr. Carlos Alfonso Azpiroz Costa, O.P.–. Dijeron ¡presente! –como significando ¡Aquí estoy!–. Es decir, al igual que Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”(cf. 1Sam.3,10). Estoy aquí, disponible para cumplir tu voluntad. Un acto –tal como nos recuerda Fr. Timothy– de total incertidumbre porque carecemos de la certeza respecto de lo que vendrá, pero aún así decimos ¡aquí estoy! Con esta respuesta se comprometen a nuevas respuestas. Una interrogante que encuentra contestación traerá nuestras preguntas que, de igual forma, exigirán ser respondidas. Ahora, eran interrogados sobre diversos aspectos por el Prior Provincial cuya finalidad no es sino, hacer testigo a la comunidad presente, sobre su disposición de abrazar este estilo de vida. Por ello se les preguntó lo siguiente: 1. si estaban dispuestos a vivir el Bautismo –tal como nos recuerda Santo Tomás de Aquino que: “la Vida Religiosa es la radicalización del Bautismo y la perfección de la virtud de la religión”( STh.II-II-184-1,3,5,7). También se les interrogó sobre su disposición de vivir el ideal de nuestro padre Santo Domingo y su deseo de comprometerse a vivir el carisma de la Orden. Inmediatamente se postraron y cantamos las letanías, invocando la asistencia de los santos y la bendición divina sobre los candidatos– para que se les conceda el don de la perseverancia y fidelidad en el camino que ahora inician.



Finalmente, el momento esperado: la vestición del hábito. Cada uno de los novicios se acerca al Provincial acompañado por un fraile mayor, para que aquel le vistiese con el hábito. Esta sería la nueva vestidura que desde ahora debe llevar y por la que se le identificará con nosotros: frailes predicadores. Por ello, para asumir sobre sí la vestimenta tiene que despojarse del “traje” que llevaba puesto –representando la invitación del apóstol Pablo de la nueva vestimenta–. Una vez se les ha puesto el hábito completo, retornan a su lugar y permanecen de rodillas, con la cabeza cubierta, hasta el momento en que es la ocasión para la bendición del escapulario. El novicio se acerca al Provincial y éste bendice su escapulario, le descubre la cabeza y le da el abrazo de la paz. De igual modo, los frailes presentes dan el abrazo al novicio, simbolizando su acogida en la Orden –al menos, por un año– durante el tiempo del Noviciado. La ceremonia culminó con el cántico del Salve Regina y del O Spem Miram.



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En blanco y negro han sido los colores de nuestro hábito. Ellos nos distinguen y a su vez, nos expresan uno de los ideales de la Orden de Predicadores: la búsqueda de la verdad. Estos colores han significado en el tiempo la referencia a una toma de postura concreta. El dominico es hombre o mujer de toma de posiciones. Se sitúa en un contexto determinado desde el cual dialoga con el entorno que le rodea. Pero ello no significa que se centre en sus propias opiniones, sino que su vida debe estar regida por el amor a Cristo y su mensaje liberador y por la pasión por la verdad. De esta forma, hermanos y hermanas, les invitamos a que tengan en sus oraciones a nuestro hermano Ernesto para que el Sí dado sea consecuente con los nuevos “sí” que se le pedirán.De igual modo, elevemos nuestras oraciones por el postulante Juan Torres Santiago, quien se encuentra en el Convento de Santo Domingo –Sede del Postulantado– en Colombia. Que el Dios que le ha llamado le acompañe en este recorrido que ha iniciado.


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[1] Es reprobable la actitud de “hacer lo que venga en gana” amparándose en la misericordia.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

ANUNCIAR EL REINO DE DIOS, “A TIEMPO Y A DESTIEMPO”, SIN TEMOR, SIENDO DISCÍPULOS DE JESÚS


Lecturas:
Gn. 46,1-7.28-30
Sal. 36
Mt. 10,16-23


En los Salmos encontramos la siguiente expresión: “Confía en el Señor y practica el bien… que el Señor sea tu único deleite”(Sal.36,3). Tal aseveración nos lanza una propuesta: a que pongamos nuestra confianza en Aquel que siempre está dirigiendo nuestra vida. Es decir, a que abramos nuestro corazón a Su presencia. Pero, ello exige de nosotros una actitud totalmente libre. El corazón significa mucho más que el órgano del cuerpo; “corazón” es el contenido de toda la vida. Es decir, abarca la vida misma. Esa vida que se construye en el día a día, con todas las riquezas y carencias, con todos sus problemas y dificultades. Y es, precisamente, a “esa vida” a la que hay que corresponder desde lo que somos. Sin quedarnos detenidos o sin ganas de caminar, porque todo aquello que hagamos nos va llevando, paso a paso, a la consecución de nuestra misión en este mundo. Pero, tenemos que vivir aquella misión desde la “experiencia de Dios”, desde el discernir en todo lo que hacemos la voluntad divina; de descubrir, desde lo que somos, desde lo que nos hace ser quienes somos, qué es lo que Dios quiere en nosotros y vivirlo. Nadie dijo que sería fácil, como diría el poeta César Vallejo (1892-1938): “hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me ha gustado vivir”(poema: “Hoy Me Gusta la Vida Mucho Menos”). Es decir, vivir siempre constituye enfrentarnos a dificultades. Vivir siempre es una experiencia que duele, puesto que nos exige “estar siempre prestos a dar respuestas”. Y estas respuestas se nos tornan en ocasiones contra nosotros: pensamos que estamos haciendo las cosas y nos surgen dificultades, nos surgen piedras en el camino. Y nosotros, queremos por lo general, una vida sin preocupaciones. Una vida donde todo sea color de rosa. Una vida en la que la pasemos en paz, sin nada que incomode. Pero, sucede que la vida no es así. La vida es un caminar constante, en donde nos caeremos, en donde sentiremos cansancio, en donde experimentaremos desilusiones, en donde experimentaremos el sufrimiento de la muerte(…). Pero, ¡es nuestra vida y la debemos construir! Pero, ¿cómo debemos construirla? El Salmista nos lo ha dicho: “pon tu confianza en el Señor! Como sugiriéndonos, es cierto que habrán dificultades; que encontrarás que, al intentar vivir desde la experiencia de Dios, lo menos que tendrás es la paz y seguridad que ofrece el mundo. Porque, seguir el camino de Dios nos exige que seamos capaces de renunciarnos a nosotros mismos, frente a una sociedad que nos promete poder y riquezas, siempre y cuando pisoteemos(=pasemos) por encima de los demás. Ya lo dijo Jesús: “he venido a prender fuego al mundo… ¿creen que he venido a traer la paz? No. He venido a hacer la guerra”(Lc.12,49-51). Ha venido a invertir los criterios y formas en cómo comprender el mundo. Ha venido a transformar cada una de las situaciones en las que, el ser humano vive como si fuese el único habitante del mundo. Ha venido a confrontarnos con “el otro”. Ha venido a mostrarnos que, el Reino de Dios se construye desde la experiencia del amor. Y esto nos crea dificultades. Nos despierta conflictos, puesto que hemos aprendido y sido educados para vivir al margen de los demás. Hemos sido preparados para asegurarnos nuestra propia vida sin importar lo que suceda a quienes nos rodean. Y todo, porque así no tendremos dificultades. Decía el Quijote a Sancho: “tranquilo Sancho, si los perros ladran es porque estamos caminando”[1]. Y el poeta Machado decía: “caminante son tus huellas, el camino y nada más… caminante no hay camino, se hace camino al andar…”(poema: “Caminante, no hay camino”). Es decir, nuestra vida ha de ser aquella ocasión para caminar, para lanzarnos a la aventura de vivir desde el reconocimiento de la voluntad divina, identificarla en la vida personal y vivir conforme a ella. Esta es la invitación que se nos hace: vivir desde la experiencia del Reino. Vivir la fe desde la identificación con la persona de Cristo. Vivir y transmitir la experiencia del Dios que obra siempre en todos. Ser testimonio vivo de que Dios siempre actúa en la historia humana. No tener miedo de vivir la fe. No tener miedo de proclamar aquellas cosas en las que creemos porque Dios siempre estará con nosotros. Tenemos la tarea del profetismo. Ser profetas en todos y cada uno de los lugares en donde se transcurre nuestra vida. Ser capaces de denunciar las situaciones de injusticia, de sufrimiento, de dolor y angustia para ese mundo “que sufre y gime dolores de parto”(Rom.8,22). Ser capaces de dar la vida por el Reino. Ser mensajeros de la paz, pero no como la da el mundo, sino desde aquella experiencia de anunciar las maravillas de Dios a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El mundo tiene hambre y sed de Dios... nos recuerda de modo constante el Papa Benedicto XVI. Y se nos invita a llevar esa experiencia, a compartir lo que vivimos a diario desde la fe. A hacer la diferencia. Pero, ¡no es fácil! Nadie ha dicho que lo sea, pero tampoco que sea irrealizable.
En el texto del evangelio se nos lanza una imagen del lugar en donde hemos de dar respuestas y testimonio de nuestra fe. Nos dice Jesús: “los envío como a ovejas en medio de lobos”. Es decir, allí, en donde el ser humano sufre por culpa del ser humano, tenemos la tarea de introducirnos, para transformar, para invertir los criterios y valores de la sociedad. Para proclamar la riqueza y el valor de cada persona, para decir al mundo que “el ser humano no es un lobo –aunque algunos lo parezcan– capaz de devorarse a otros”(Thomas Hobbes). No podemos tener esa visión tan negativa del ser humano. Y frente a las ideologías que nos dicen que nada bueno puede darse en el mundo, hay que apostar por vivir la esperanza. Llevar el mensaje de Cristo a todo lugar. Y como dije antes, no es fácil. Si vivimos desde esa exigencia no tendremos quizás no tendremos la tranquilidad que deseamos para nuestra vida tal como la interpreta el mundo, pero, sí, –y eso lo puedo asegurar– tendremos la compañía de Dios, que nos guiará y sostendrá a cada paso que vayamos dando. Por ello, debemos caminar sin temor. Ir por el mundo sin temor, pues Dios estará con nosotros.
Es cierto que hay muchas cosas que son más atractivas que todo esto. Pero, ninguna de ellas nos va a dar la satisfacción de una vida en camino hacia la felicidad. Y eso no sucede porque sea todo malo, sino porque cuando ponemos nuestra confianza en cosas efímeras, al haber saciado nuestra necesidad, ya aquello, pierde todo valor. Ya no significa nada para nosotros y tenemos el deseo de algo nuevo. Pero, la Buena Nueva del Reino es siempre algo nuevo. Nos interpela desde nuestro día a día. Nos exige vivir y renovar nuestra fe a diario, dando testimonio de que queremos decir que Sí a la práctica del amor. Pero, que sea un SI que es fiel y que no se desvanece cuando aparecen las primeras dificultades. Pues bien, vivamos conforme a esa decisión. Hagamos partícipes a otras de lo que hemos encontrado y vivimos, con un corazón sencillo, con nuestro propio lenguaje. Por eso nos recuerda Jesús que, “no busquemos nuestras propias palabras, sino que el Padre pondrá sus palabras en tu boca”(Mt.10,19). Es decir, si estamos viviendo radical y libremente esta experiencia, que nuestra vida sea el testimonio de ello. No necesitamos discursos enormes. No necesitamos tener mucha teología para ello, puesto que, quien vive desde Dios, no hará sino expresar, con su propia vida, a Dios. Por esto, VIVAMOS LA EXPERIENCIA DEL AMOR. Y no tengamos miedo. No tengamos temor de ser quienes somos. No tengamos temor de vivir y anunciar el Reino de Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
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[1] Esta frase se atribuye anecdóticamente a él.

miércoles, 22 de agosto de 2007

EN LA SOLEMNIDAD... (segunda parte)

2. El hombre debe corresponder amorosamente a esa llamada:

Dije antes que Dios llama y manda a cumplir una tarea. Experimentamos en la vida una “llamada” de Dios que nos motiva. ¿Qué hacemos en esos momentos? ¿En dónde y en quién ponemos nuestra confianza?
En la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo se presentan los contenidos de la tarea y misión de un predicador. En otras palabras, lo que debe ser la vida de un predicador desde la vivencia de las Sagradas Escrituras. Se nos dice:
  1. “pórtate en todo con prudencia”: es decir, intentar llevar una vida “virtuosa”. Construir nuestra vida desde la vivencia y experiencia del BIEN. Pero, ustedes dirán: ¡Ah, no somos virtuosos! Es cierto, caminar y vivir desde la virtud es un camino difícil que sólo se puede alcanzar desde la apertura a la voluntad divina. Abrirse a la gracia. El camino hacia la virtud será difícil, pero no imposible. Y lo fundamental, no es quedarnos en la contemplación de lo imposible, sino en lanzarnos a caminar. Ir en la búsqueda de la virtud. En ese caminar Dios va capacitando.

  2. “soporta los sufrimientos”: es decir, poner en las manos del Padre aquellas penas, amarguras y sufrimientos para que nos haga día a día llevarlos con paciencia. Sentiremos en muchas ocasiones que son demasiadas angustias, que las penas cada día son más pesadas. Pero, si nuestro ánimo desfallece nos quedaremos en el camino, moriremos de sed en medio del desierto. Soportar los sufrimientos es abrirse a la experiencia de madurar a cada momento en las respuestas que se han dado. Las pruebas que nos sobrevienen son parte del proceso de capacitación que Dios nos hace. Y son parte de la vida… de toda vida. Si se pensaban que todo sería color de rosa, ¡se han equivocado! La vida siempre nos golpea, pero es para llevarnos a alcanzar la virtud.

  3. “realiza la función de evangelizador”: es decir, aquella experiencia personal, aquello que hemos vivido, darlo a conocer. Es la tarea de salir y anunciar la Buena Nueva del Reino. Ahora se están preparando para ello y la invitación que les hago es que se metan en el proceso. Que se abran humildemente a cada una de las experiencias que irán teniendo paso a paso, en cada etapa. No quieran correr antes de empezar a caminar, porque no podrán hacer bien ni la una ni la otra. Como diría nuestro hermano Santo Tomás de Aquino al hermano Juan, quien le pedía consejos para estudiar correctamente: “No te lances de golpe al océano, sino entra en él por los arroyuelos, porque es conveniente que de lo más fácil desemboques en lo más difícil…”(Aquino, Tomas de. Carta a un estudiante)

  4. “desempeña a la perfección tu ministerio”: es decir, el resultado de una vida de virtud, soportar los sufrimientos y realizar las tareas de la evangelización no pueden menos que alcanzar el desempeño perfecto del ministerio. Todos realizamos algún ministerio en una u otra forma al servicio de la Iglesia, pero ello no puede ser para satisfacción personal, sino en orden a la tarea encomendada por el Dios que nos ha llamado a vivir desde un estado concreto. A menudo, nuestra condición humana nos lleva a la necesidad de “buscar reconocimientos” y cuando no los obtenemos, nos llenamos de resentimientos, sentimos que se nos acaba el mundo y que nada tiene sentido. Sin embargo, lo que realizamos es tarea de servicio y por ende, nuestra única satisfacción debe estar en recordar las palabras de Jesús que el apóstol Pablo tomaría también: “Somos servidores inútiles que no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer”(Lc.17,10).
    4. Conclusión y palabras finales:
    Nuestro padre santo Domingo es un modelo en cada uno de estos aspectos. Llevó una vida de virtud puesto que el centro de su vida era la persona de Cristo y se entregó completamente a caminar conforme a su mensaje. Y precisamente, por hacer su vida desde Cristo no sólo sufrió sus propios padecimientos sino que hizo suyos los sufrimientos de los demás. Nos recuerda el Beato Jordano que: “siempre se le veía sonriendo… amaba a todos y por todos era amado… se entristecía hasta el extremo de las lágrimas por las pobres gentes que no conocían a Cristo”. A ese Cristo que quiso llevar en su predicación a quienes no lo conocían. A aquel que era la Verdad que quiso dar a conocer entre los cátaros. A aquel que fue el centro y sustento de su ministerio.
    Pidamos, hermanos, que por intercesión de nuestro padre Domingo, el Dios les capacite día a día para que llegue a feliz término lo que están viviendo. Pidan siempre, por intercesión de nuestro padre que sus vidas se abran constantemente a la experiencia de la escucha de la palabra de Dios y se dejen guiar conforme a su voluntad. Esto que están viviendo no es un camino que han decidido por su propia voluntad o iniciativa, sino que es Dios quien los ha invitado. Por eso, vivan sin temor esta experiencia. No le pongan trabas, sino que, ábranse a ella. Y siempre confíen en que, como nos recuerda el evangelista Mateo: “estará con ustedes hasta el final de los tiempos”(Mt.28,20)

miércoles, 8 de agosto de 2007

EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRO PADRE SANTO DOMINGO


EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRO PADRE SANTO DOMINGO (A PROPOSITO DE LAS LECTURAS DE: Jer. 1,4-9;Sal. 95;2 Tim. 4,1-8;Mt. 28,16-20)


Imagen: "La Ordalia del fuego"
Pedro Berrguguete (s.XV)


En el Canto XII del Paraíso, en La Comedia[1] del poeta Dante[2] se nos dice sobre nuestro Padre Santo Domingo:

“…la mujer que por él dio asentimiento, vio en un sueño ese fruto prodigioso que saldría de aquél y su progenie… Fue llamado: Domingo; labrador que eligió Cristo para que le ayudase con su huerto… se mostró de Cristo mensajero; pues el primer amor del que dio prueba fue al consejo primero que dio Cristo. Muchas veces despierto y en silencio lo encontró su nodriza echado en tierra cual diciendo: «He venido para esto.» ¡Oh, en verdad padre suyo venturoso! ¡Oh, madre suya Juana verdadera, si se interpreta tal como se dice!... mas por amor del maná sin mentira, en poco tiempo gran doctor se hizo… Y a la Sede que fue más bienhechora antes de los humildes, pidió contra la gente errada, licencia de luchar… Después, con voluntad y con doctrina, emprendió su apostólica tarea cual torrente que baja de alta cumbre; y en el retoño herético su fuerza golpeó, con más saña en aquel sitio donde la resistencia era más dura…”[3]

Es decir, son tres los rasgos fundamentales que podemos resaltar de esta descripción hecha por Dante. Nuestro Santo Padre y Fundador, Santo Domingo de Guzmán:

  1. “muchas veces despierto y en silencio, echado en tierra”… esto es, en actitud de oración. El Beato Jordano decía de nuestro padre santo Domingo que “desgastaba las escalinatas del presbiterio en las largas noches que pasaba en oración”. Y esta práctica es fundamental para la vida de todo cristiano: poner en las manos del Padre. La oración es un tema sobre el que hablamos mucho o escribimos magníficos tratados, pero que en el momento de la práctica, queda relegado al tiempo. Nos cuesta dedicar tiempo a ella. Y en el poco tiempo que dedicamos, nos gana el cansancio, el sueño, la pereza. Sin embargo, necesitamos hacernos violencia para alcanzar no sólo una actitud de oración, sino para hacer de nuestras vidas una vida orante. Necesitamos hallar los espacios para dejar a Dios que nos hable al corazón. Necesitamos de esos momentos para estar a solas con el Dios que, en palabras de San Agustín es “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”. Pero, nos duele tener que dedicar tiempo a orar. En muchas ocasiones, porque el tiempo que dedicamos a ello es necesario para hacer otras cosas. Mas, ¿qué puede encontrar mayor valor que ponerse en silencio para escuchar al Dios que nos llama por nuestro nombre? ¿Qué encuentra mayor riqueza y significa alimento para el largo peregrinar por esta vida que la resonancia de la voz de Dios en nuestro interior? Y es que la oración nos sustenta en los momentos de angustia, nos transforma en la necesidad y nos brinda la alegría inmensa de encontrar a ese Dios que siempre ha estado ahí, amándonos. Invitándonos a continuar nuestro camino.

  2. “con voluntad y con doctrina emprendió su apostólica tarea”… El Espíritu Santo suscita constantemente en la vida de la Iglesia personas que realicen una Misión; que den continuidad a la tarea del anuncio del Evangelio. Como bien conocen, nuestro padre Santo Domingo, en el viaje que realizó junto al obispo de Diego, se da cuenta de una realidad: la gente estaba necesitada del evangelio, desconocían a Cristo. Dicho contacto no sólo suscitó en Domingo el deseo ardiente de ir y anunciar a Cristo, sino que se hizo “compasivo”, al igual que Jesús, tal como nos dice el evangelista Marcos: “… viendo a aquellas gentes sintió compasión puesto que andaban como ovejas sin pastor… y se puso a enseñarles extensamente”(Mc.6,34). Domingo quiso predicar y anunciar a aquellas personas por las cuales se lamentaba: ¡Dios mío, qué será de los que aún no te conocen! ¡Qué será de los pecadores! Encarna la tarea del apóstol que se lanza por el mundo anunciando la Verdad: Cristo. Pero, no lo hizo por su propia iniciativa, sino inspirado por el Espíritu, poniendo todo en las manos del Padre, sustentando el éxito de dicha empresa con la oración y la doctrina(=es decir, el estudio; dos elementos fundamentales en nuestra vida).

  3. “y en el retoño herético su fuerza golpeó”… no porque fuera a exterminarlos, tal como nos han querido pintar algunas personas, con el tema de la Inquisición, en donde ponen a Domingo presidiendo un “auto de fe”. Sino, por el contrario, con las armas de la compasión, de la sabiduría, de la oración, de la escucha de Dios, de la Verdad. El mismo Dante en el Canto XI del Paraíso nos dice, cuando habla de nuestro padre: “Santo Domingo, dotado de esplendor querúbico por su sabiduría llevó a la Iglesia a la mayor fidelidad por medio de la predicación”[4]. Domingo se lanza a la tarea de la predicación y al anuncio del Evangelio, pero lo hace sin temor y con la confianza que leemos en el capítulo primero del profeta Jeremías, así como en el último versículo del Evangelio según San Mateo: “Dios estará con nosotros en todo momento”.

Estas lecturas –Jeremías 1,4-9 y Mateo 28,16-20– tienen dos temas fundamentales que quiero compartir: la llamada y la respuesta. Y ambas, en un contexto “vocacional” y un proceso de “formación”. Un asunto que se extenderá durante toda la vida, puesto que sólo termina al momento de nuestra muerte. Vivimos en un constante proceso de formación cada vez que identificamos en nuestras vidas una llamada de Dios y queremos responder a ella. Sin embargo, hemos de tener presente que, es una llamada divina y no humana. Es Dios mismo quien ha querido llamar a una MISIÓN concreta: a vivir un estilo de vida particular.

1. Dios llama y compromete a una tarea:

En la lectura del profeta Jeremías se nos proponen varios elementos a ser considerados en esta llamada:

a. Dios se acerca a la persona: “recibí esta palabra del Señor”(Jer.1,4). Es decir, es Dios mismo quien toma la iniciativa y no la persona. Por tanto, nuestra respuesta se constituye en una correspondencia a esa llamada. Se torna en un comprometernos con la respuesta dada, abriéndonos a la voluntad divina, identificando qué es lo que Dios quiere en mi vida y ¡cumplirlo! Ello exige de nosotros, una actitud de total humilitas, de apertura libre y dispuesta para escuchar en nuestro ser, en nuestra vida, en lo que somos… la voz de Dios. Es la actitud del Getsemaní: “Padre, que se haga tu voluntad y no la mía”(Mc.14,36); es la actitud del profeta Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”(1Sam.3,10); es la actitud de María: “He aquí la sierva del Señor, que se cumpla en mí su palabra”(Lc.1,38). Es decir, Señor, toda mi vida está dispuesta a Ti, muéstrame lo que debo realizar. Enséñame el camino que he de seguir… hazme dócil a tu palabra. Pero ello, hermanos, es sumamente difícil. ¡Somos humanos!, y en ocasiones, podemos mal-interpretar esta palabra divina. Podemos caer en los riesgos de querer hacer coincidir la voz divina con mis deseos personales. Podemos “hacer decir a Dios lo que yo quiero oír y no lo que me dice”. Sin embargo, cuando se construye la vida desde esta dimensión tarde o temprano se termina todo, puesto que no estamos caminando conforme a Dios. Empeñarnos en realizar “cosas” sin ponerlas en las manos de Dios, sin abrirnos al discernimiento de su voluntad siempre acarreará dificultades porque no hacemos lo que debemos, sino lo que queremos. Sabemos que se dice: “los designios de Dios no son los humanos”. El ser humano puede proponer muchos planes, pero es Dios quien los lleva a la realización, quien los guía e inspira. Por eso, un conocido refrán nos recuerda que: “el hombre propone y Dios dispone”.
Nuestro padre santo Domingo fue un ejemplo de esta escucha de la palabra de Dios. Tal como dicen sus biógrafos: nuestro padre fundador “se sumergía constantemente en la oración… hablaba con Dios y de Dios… con Dios, en las largas noches que pasaba sumido en la oración y de Dios, cuando hablaba con los hombres”. Él es modelo de cómo hemos de construir nuestra vida en este caminar: nuestra vida debe ser un constante acercarnos a la oración. Ponernos en actitud de la escucha de Dios, tal como se nos dice en el texto de la Transfiguración. Entrar al silencio de nuestra vida o hacer de nuestra vida silencio para que aquella voz de Dios se haga escuchar.

Un segundo aspecto que nos propone el profeta sobre la llamada que hace Dios al hombre es que:

b. conoce y capacita a quienes llama. Es decir, “No me han elegido ustedes, sino que he sido Yo mismo quien les eligió”(Jn15,16). Y en cuanto que es elección divina, Dios prepara a quienes ha llamado para la tarea a la que destina. Dios no da cargas pesadas que el ser humano no pueda soportar. Y cuando llama, va preparando paso a paso para que la persona pueda realizar lo que se le ha pedido. Sin embargo, ello exige también un corazón dispuesto a dejarse guiar. Si no nos dejamos guiar, si nos cerramos a la experiencia de Dios en nuestras vidas iremos perdiendo no sólo el sentido de lo que hacemos, sino también el rumbo. Y cuando eso sucede, nos encerramos en nosotros mismos, nos comenzamos a “disgregar” en diversas cosas que nos arrancan de la tarea a la que hemos sido convocados. La pregunta que les invito a reflexionar es la siguiente: ¿cómo es su dejarse guiar por Dios? ¿Cómo construyen su vida? ¿Lo hacen desde Dios?, o por el contrario, ¿se sienten autosuficientes y sin necesidad de Él? ¿Qué cosas motivan sus vidas? Somos humanos y podemos poner trabas a la llamada de Dios. Sentiremos temor en muchas ocasiones. Podremos decir con el profeta: “pero, soy apenas un niño, mira que no sé ni hablar”(Jer.1,6). Pero, ¡no podemos dejar que estas dimensiones humanas nos ganen! “El espíritu es animoso, pero la carne es débil”(Mt.26,40). Y hemos de transformar esa debilidad en radicalidad de vida. En compromiso libre para con lo que vivimos. Sin trabas ni ataduras… sin otras cosas –que no sean Dios[5]– y que nos arranquen de vivir conforme a la voluntad de Dios. Nuestro padre santo Domingo estaba consciente de ello. Conoce que por sus propias fuerzas el hombre no puede alcanzar nada. Por ello, no realizaba nada sin antes, abrirse a la experiencia de la escucha de Dios por medio de la oración. Cuando tiene lugar la dispersión de los frailes, él no se centra en los criterios humanos que le decían: “¡es una locura!”, sino que pone su confianza en Dios. Sabe perfectamente que es Dios mismos quien hace producir y si ha llamado, no va a abandonar a quienes ha llamado. Por eso, el profeta Jeremías nos recuerda que: “no debemos temer, ya que Él estará con nosotros para salvarnos”(Jer.1,8). O como nos recuerda el último versículo del Evangelio según San Mateo: “…sepan que yo estaré con ustedes hasta la consumación de los tiempos”(Mt.28,20). Es decir, poner nuestra confianza en Dios, dejarnos guiar por Él, debe llevarnos no sólo a descubrir su presencia en nuestras vidas, sino también a reconocer que va siempre a nuestro lado, con nosotros… cargándonos… como dice la historia de Huellas en la arena. Si vivimos esto, estamos en el camino de hacer de nuestra vida una, de constante respuestas a la llamada de Dios. [CONTINUARÁ]

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[1] Dante llamó a su libro La Comedia. El calificativo de “Divina” surge a partir del 1555 en el título de la edición realizada por Ludovico Dolce.
[2] Dante Alighieri (1265-1321) poeta florentino.
[3] ALIGHIERI, Dante. La Divina Comedia. Paraíso. Canto XII. ALMEN EDITORES, S.R.L. Colección Pluma de Oro. Lima. s.f. p. 179.
[4] Paraíso. Canto XI. cfr. Íbid. p. 178.
[5] Esta es la idea central del “desasimiento” de Meister Eckhart.

lunes, 18 de junio de 2007

DESDE EL SENO MATERNO NOS HA ELEGIDO DIOS POR SU INICIATIVA AMOROSA PARA CUMPLIR SU VOLUNTAD (Celebracion de San Juan Bautista)


Una de las expresiones más fabulosas que, justamente aparecen en el Evangelio según san Lucas es la que dice: “El Señor ha hecho grandes maravillas…”(Lc.1,49). Esta se encuentra en el contexto del Magnificat y pertenece a un “todo” en el comienzo de Lucas. Allí se nos proponen varias narraciones que son exquisitas en nuestra historia de salvación: la Anunciación, la Visitación de María a su prima Isabel, el Nacimiento de Juan el Bautista… aquel de quien se dice: ¿qué será de este niño? ¡Hará cosas grandes, pues la mano del Señor está con él!
En el libro del Profeta Isaías se dice: “Desde el seno materno me eligió el Señor para que fuera su siervo”(Is.49,5). Es decir, el Dios que se ha acercado al ser humano por su iniciativa amorosa, elige, llama, convoca al hombre y a la mujer para cumplir su obra. Les propone un proyecto de amor, y aquellos(=nosotros) cuando lo identificamos, toda nuestra vida se transforma, se convierte en un caminar conforme a la voluntad de Dios. Pero, ¿qué significa cumplir su voluntad? Cumplir la voluntad de Dios es caminar conforme sus designios. Abrirse a la experiencia de escuchar sus palabras y obrar conforme él nos va acompañando en el caminar de nuestras vidas. Quizás puedan estar marcadas por el dolor, por las tristezas, pero allí, en ese recorrido, identificar la presencia divina que nos anima esperanzadoramente a continuar la marcha porque, precisamente, Dios está cumpliendo su obra. Está siendo fiel a sus promesas. Caminar conforme la voluntad de Dios es abrir nuestro ser a su presencia. Despojarnos de todo aquello que nos lo saque y dejarlo obrar en nuestro ser. Pero, ello exige una total vaciación de lo que nos impida ver y discernir la voluntad divina. Excluir de nuestro acontecer cotidiano todo aquello que no sea de Dios, que no provenga de él. Decía San Agustín que: “aquello que no te hace feliz no es de Dios”. Pero, a veces somos cabeciduros y lo que no nos hace feliz, pero que nos gusta, lo seguimos buscando y anhelando. La vida entonces se nos llena de dificultades y problemas. Allí gritamos, pero ¡Señor, si me he esforzado en cumplir tu voluntad, que era esta! Los caminos de Dios no son nuestros caminos… hemos de aprender a encontrar en cada momento qué es lo que Dios quiere que hagamos. Y ello no es que nos hagamos otros “dioses”, ni mucho menos, que queramos buscar hacer un Dios a nuestro antojo, como sucede. Mi Dios es este… uno que, en la oferta del mercado, se puede comprar por pocas monedas, y que se adapta muy bien a lo que quiero. Dios es Dios y obra en la vida del ser humano. Se compromete radicalmente con el mismo porque ama, y desde ese amor, se elige al ser humano para que cumpla una misión. El ser humano tiene la tarea de corresponder con sus constantes respuestas a la promesa inicial que Dios le ha hecho. Ello es: discernir su voluntad. Pero, esta experiencia ha de ser libre y radical, buscando no nuestros propios caprichos o deseos, sino que Dios se haga en nosotros.
“Desde el seno materno me eligió…”(Is.49,5) es la capacidad de descubrir que “no le hemos elegido nosotros, sino que ha sido él quien nos ha elegido”(Jn.15,16), pero nos elige para cumplir una tarea concreta. Aquella que vamos identificando en nuestro diario vivir. Aquella que se nos presenta como estilo de vida sea desde la vida consagrada, sea desde la matrimonial, sea desde la soltería… todos tenemos una invitación de su parte, pues nos ha mirado con amor aún desde antes de formarnos en el seno materno. Nos ha propuesto un camino a seguir. Pero, lo esencial en este llamado es que la tarea a realizar no es otra sino: “ser luz de la gente y así, su salvación alcance hasta todos los confines de la tierra”(Is.49,6). Es decir, así como Dios nos llama en nuestra propia realidad por un acto de amor, nos encomienda una tarea a realizar y su promesa de estar presente en cada momento, pero nosotros, hemos de brillar, irradiar, transformarnos… mejor aún, “hacernos transformar” en esa luz que irradia nada menos que a Dios. Allí en donde la desesperanza del hombre y la mujer pone sombras llevar la luz divina. Aquella que, habiendo iluminado nuestro ser se transparenta en nosotros. Pero, esto es una tarea difícil: no podemos dar a Dios si no lo dejamos ser Dios en nuestro ser. O sea, como reza un proverbio popular: “nadie puede dar de lo que no tiene”. Quien antes no se ha dejado quemar –como la vena central de las velas–, no puede irradiar luz. Dejarse quemar por Dios es dejarse impactar por Él, hacerse guiar conforme a su voluntad y caminar conforme a ella. Es la experiencia de gritar con el profeta: “Me sedujiste Señor y me dejé seducir”(Jer.20,7) como diciendo: ¡Señor me pongo en tus manos y que se cumpla en mí tu voluntad! Y esto fue lo que sucedió en la experiencia de Zacarías e Isabel con el nacimiento de Juan.
Zacarías puso en duda la palabra dirigió Dios y ahora estaba ante la realización de lo que se le anunció por boca del ángel. El niño había nacido y Zacarías no había podido completar el rito del nacimiento. Es decir, en aquella sociedad, cuando nacía un niño era el padre el que lo recibía al momento de llegar y expresaba estas palabras que están contenidas en las Escrituras: “Tú eres mi hijo yo te he engendrado hoy”(Sal.2,7). En ese momento, el niño en adelante, era conocido como “hijo de…”. Pero, Zacarías estaba mudo. El proceso de su recepción al mundo tendría que ser distinto al común de las gentes para “mostrar las grandezas que obra Dios”. Para que aquello que le dijo el ángel a María en la Anunciación, se cumpliese y fuese reconocido como tal: “para Dios nada hay imposible”(Lc.1,37), situación que nos remite de modo similar al libro del Génesis en el caso de Abrahám y Sara (Gn.18,14), que eran también ancianos y en la vejez, llegó el niño que estaba escogido(=separado) desde el seno materno para realizar una obra, para realizar una misión que Dios le encomendó.
Pero, ¿cuál es la misión de Juan? ¿Qué será de este niño del cual Jesús dirá en su momento: “les aseguro que no hay entre los nacidos de mujer ninguno mayor que Juan”(Lc.7,28)? Este niño hará cosas grandes. De ello no cabe la menor duda. Y en el acontecer de su vida –como nos narran los Evangelios– no hizo menos que, dejándose quemar por Dios, hacerse humilde. Se vació totalmente para irradiar la luz que es Cristo. “No soy la luz sino el testigo de la luz” “Sepan que hay alguien mayor que yo a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”…
La Iglesia celebra a los santos en su muerte como testimonio de su nacimiento a la vida plena, a la vida eterna en Dios, pero en el caso de Juan, celebra tanto su nacimiento a la vida terrena, así como su muerte en el martirio y por consiguiente, su nacimiento a la vida eterna en Dios. Juan es uno de los ejemplos a emular en nuestro caminar cristiano. En él se constituye de modo ejemplar aquella experiencia de abrirse a la voluntad divina. Ir caminando, conforme a las dudas al reconocimiento del Dios que actúa en la vida del ser humano. Anunciar que, ese Dios que nos convoca, que nos separa desde el seno materno para que seamos luz, anunciando su presencia en nosotros por medio de nuestras acciones, denunciemos las situaciones de injusticia en las que se encuentra el ser humano.
En muchos países esta celebración adquiere un sentido “un tanto supersticioso” la víspera, se van al mar para realizar ritos de purificación, lanzándose siete veces de espaldas en las aguas, intentando dejar atrás todas las cosas malas que le han acechado durante el año. Ello es un intento de reproducir aquella tarea que encarnó Juan en su vida: la del bautismo. En el agua se intenta purificar de todo. Pero, para nosotros, aquel bautismo ha adquirido en Jesús una nueva dimensión: él bautizó en agua, Cristo bautiza en el agua y el Espíritu, nos dirá el apóstol Pablo. ¿Cómo descubro la voluntad de Dios en mi vida? ¿A qué cosas me llama? ¿Cómo lo transmito siendo luz para los otros?

miércoles, 30 de mayo de 2007

LA VOCACIÓN A LA VIDA: LLAMADA DE DIOS Y RESPUESTA DEL SER HUMANO


Hablar de vocación en nuestros tiempos puede tener diversas connotaciones. Sin embargo, la que hemos de tratar en el presente: es “la vocación como respuesta al proyecto de vida desde el evangelio”. Es decir, la dinámica que se da entre Dios y el ser humano: “llamada” y “respuesta”.
La tradición bíblica nos presenta a un Dios que constantemente se acerca al ser humano. Se comunica y le habla con un lenguaje inteligible para proponerle un proyecto concreto. Esta llamada surge de la iniciativa amorosa del Dios que se revela y se da a conocer. Propone un plan de vida respetando la libertad del ser humano. El hombre y la mujer de nuestros tiempos, son invitados, interpelados a seguir dicho camino, a responder desde su propio contexto, desde su propia realidad. Pero, de nada vale que Dios hable si el ser humano no responde y se hace de oídos sordos. Por tanto, al hombre corresponde la tarea de discernir desde su proceso histórico, los pasos a seguir para responder de forma afirmativa al proyecto que se le ha presentado. Habrá dudas en la mayoría de los casos. ¿Realmente Dios quiere que yo realice esto? ¿Será este el camino al que me llama? ¿Seré feliz? Y, ¿si me llama a otro estado de vida?
Una de las premisas fundamentales dentro del proceso vocacional es la felicidad. Dios llama al ser humano para la felicidad. Esta llamada se da en diversas circunstancias dentro de la vida de quien es llamado por Dios. Sin embargo, a veces esperamos que “baje él mismo a decirnos, mira mi’jo, ven por aquí”... “te quiero aquí”... pero, ¡no! Escapamos las ocasiones en que se nos piden respuestas. No se quiere escuchar porque es algo que me compromete la vida. Aparece como un proyecto demasiado grande, que me da temor. Porque, ¿quién puede saber a qué forma de vida debo dedicarme? Esta es una de las preguntas que aparecen en la inquietud inicial. Es un proyecto, un estilo de vida en el que se quiere dar sentido. Y éste que se da a la vida y a la existencia personal desde el proyecto del evangelio es lo que llamamos “proyecto vocacional”. Se discierne a partir de los diversos contactos con el Dios de Jesucristo que nos marca y nos interpela a caminar según sus pasos. Quizás es la primera llamada que recibimos muchos de nosotros por parte de Dios. Ahora bien, ¿en dónde identifico el lugar al que Dios me quiere llevar? ¿Cómo lo hago? Aunque no desarrollo en este momento dichos interrogantes, los propongo con el fin de “crear un problema vocacional’. Una CRISIS VOCACIONAL: ¿por qué siento que Dios me llama? ¿Qué elementos identifico en mi diario acontecer, desde los cuales identifico la voz de Dios?
La llamada de Dios es en primer lugar a la vida. Es la principal vocación a la que somos llamados. Hemos de edificar la misma desde el evangelio y encaminarla a la tarea del Reino para la felicidad. Dicen algunos que aquello que no te hace feliz no viene de Dios. Y la vocación a la vida es una a la felicidad. Ésta surge a partir de la respuesta dada. Es la respuesta al “ser del mundo sin estar en el mundo” de los evangelios, que se rescata el apóstol Pablo, como resultado de su vocación.
Pero, ésta (vocación a la vida) está inserta en el aquí y ahora de la persona. No refiere al pasado ni al futuro: ¡es en el momento actual! donde con todo el ser, se decide y opta en responder de forma afirmativa a la llamada divina. “Quien quiera guardar su vida la perderá, pero quien la pierda por mi causa y por el Evangelio la salvará”(Mc.8,35). ¿Qué respuestas doy en mi discernimiento de la vocación? ¿A dónde descubro que Dios me llama?
Dentro de este marco de llamada y respuesta hacia la vida podemos distinguir entre muchas: la llamada a la vida sacerdotal o a la vida consagrada, a la vida matrimonial, a la vida en un instituto de vida apostólica, a la vida en el estado laical… Cada una con sus fundamentos propios y su aporte específico al acontecer de la vida de la Iglesia. Cada estado con sus carismas concretos donan de sí, por la llamada divina, a la construcción del Reino, al servicio del pueblo.
Pero, bien, hemos de elevar nuestra oración por las vocaciones sacerdotales y a la vida religiosa. Es un tiempo para orar al Padre que llame trabajadores a su viña. Hombres y mujeres que se constituyan en santidad desde la experiencia de la vida en la que lleguen a explorar la vida interior y exterior desde la unión con Dios. Es decir, que se abran a la posibilidad del Dios que llama con nombre y apellido, para que hable al corazón. Hombres y mujeres capaces de caminar conforme sus proyectos en el ideal de vida al que han sido convocados. Personas fuertes que en las ocasiones en que aparece dicha forma de vida como “imposible”, sean capaces de negarse a sí mismos para continuar en la reafirmación de la respuesta dada. Quizás sintamos desánimo en ocasiones porque, cuando más seguros nos sentíamos en nuestros proyectos, los mismos cambiaron de la noche a la mañana sin que pudiésemos evitarlo. Pero, lo fundamental –esa búsqueda de Dios en la que nos encontramos con nosotros en la experiencia de la comunidad en la que vivimos–. Nos queda, entonces, como tesoro invaluable: la manifestación amorosa de Quien nos invitó a continuar su obra mediante un estilo de vida concreto. Esta tarea exige de nosotros: 1/ una capacidad enorme para el amor; 2/ que dediquemos tiempo para caminar en nuestra experiencia personal de Dios; 3/ que nos concedamos el tiempo para contemplar desde el interior aquellas cosas que llevan a transmitir los frutos de un encuentro personal con Dios.
En el mundo actual, consecuencia de las diversas corrientes ideológicas que intentan dar al hombre definiciones en su entorno social, puede sonar contradictorio: compromiso y libertad. Son entendidos en forma opuesta. Pero, en la medida que el compromiso surge como la respuesta sincera y libre a la llamada divina, la libertad se torna en júbilo para decir: ¡Bueno, creo que Dios me llama a este proyecto vocacional y quiero vivir esa aventura! Claro, requiere también la misma libertad para decir: ¡Mira, he descubierto que Dios me llama a otro estilo de vida! Y, cuando por medio de la oración y el acompañamiento me abro a la experiencia del Dios que obra y se manifiesta en mi ser me aventuro a la loca alegría de responder a la llamada que Dios me ha hecho;¡plenamente feliz! ¡Recuerden la importancia de la felicidad en este proyecto! Y aún más, el discernimiento de la voluntad de Dios. No somos nosotros quienes elegimos un proyecto de vida; es el mismo Dios quien nos lo propone y nos va asistiendo en la búsqueda y desarrollo del mismo.
Ven y verás es la invitación que hace Jesús en los Evangelios. Ven a experimentar nuestro género de vida en las diversas formas. Ven a conocernos; a descubrir las riquezas que Dios ha suscitado al servicio del pueblo. Pero, has de tener un espíritu de apertura y riesgo. Estar en la disposición de dejarte herir. De hacerte vulnerable, permitiendo que Dios hable y despierte en tu ser una respuesta. Debes estar en la disposición de conocer e intuir si en tu forma personal de ser y comprender la vida puedes encajar en el proyecto al que te sientes llamado. Te digo, ¡no es fácil!, pero es una riqueza dentro de la vida de la Iglesia al servicio de la palabra y la verdad revelada en Jesucristo. Ven y verás... Descubre la llamada que Dios te hace...