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lunes, 18 de febrero de 2008

EN BLANCO Y NEGRO: VESTICIÓN DEL HÁBITO DOMINICANO E INICIO DEL NOVICIADO


“Que con este vestido vivan lo que aspiran ser y sean lo que aspiran a vivir: predicadores”… con estas palabras exhortaba el Provincial de Colombia, Fray José Gabriel Mesa Angulo, O.P. a los dieciséis jóvenes que el sábado 9 de febrero de 2008 vistieron por primera vez los colores blanco y negro de nuestro hábito dominicano. Desde tempranas horas de la mañana iniciamos –en nuestra mayoría– el viaje que nos llevaría desde Bogotá hacia Chiquinquirá –con la debida estación en COLFRANCE– donde descansa la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Viaje lleno de emociones y de reconstrucción del camino que recorrí –junto a Fray Yamil– en enero de 2001 para iniciar retiros junto a los –en aquel entonces postulantes– que iniciaríamos el Noviciado.



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Según nuestras Constituciones “el Noviciado es el tiempo de prueba, ordenado a que los novicios conozcan más profundamente la vocación divina y propiamente dominicana, experimenten el estilo de vida de la Orden, asimilen de mente y de corazón el espíritu dominicano y los frailes comprueben su propósito e idoneidad…”(cf. LCO#177). Es decir, es el tiempo de “lo mutuo”: mutuo conocerse, mutuo experimentar la vida, mutuo discernir sobre un estilo de vivir en particular, etc., porque si bien es cierto que el novicio –candidato a la Vida Religiosa– experimenta de modo más profundo nuestro estilo de vida, no es menos cierto que nosotros, como hermanos dentro de la gran familia que es la Orden de Predicadores vivimos, compartimos, experimentamos y contemplamos al joven antes de su posible ingreso definitivo a “nuestra religión”(cf. LCO#1§IV). Por ello, desde el inicio del Noviciado el candidato pide “la misericordia de Dios y de la Orden de los frailes predicadores” como gesto mediante el cual se pone en las manos del Padre –quien le ha llamado– y en la de los hermanos –quienes le acogen como frater en la comunidad a la que Dios mismo le ha traído–. “Pedir misericordia” es una actitud de completa humilitas y vulnerabilidad. Humildad, en cuanto nos reconocemos como “servidores inútiles que no hacemos más que lo que tenemos que hacer”(cf. Lc.17,10) y vulnerabilidad, en cuanto que nos confiamos plenamente a los hermanos. Ponemos nuestras vidas en sus manos pese a que no sabemos lo que van a hacer con ella. Pero, ¡ellos también se ponen en las nuestras!



Ahora bien, la misericordia tiene que ser entendida en sentido recto. No es la misericordia que se convierte u homologa a “miserabilidad” o a “permisibilidad” –donde todo se me tiene que soportar por el simple acto de haber pedido misericordia–[1] sino que, pedir misericordia es la actitud de reconocer que pese a poner todo mi empeño, pese a no buscar tal o cual situación, “la fregamos”. Ahí es cuando se dice: “hermanos, apelo a la misericordia que pedí en una ocasión” –pero con la disposición de “no volver a…”–. Y lo fundamental, pidiendo la asistencia divina ya que nosotros, por nuestro propio esfuerzo no podemos. Allí es donde se vive la misericordia de los hermanos, puesto que la de Dios siempre la tenemos como don gratuito. Como dije, este es el primer gesto que nuestro hermano Ernesto realizó y por el que ha querido abrazar nuestro estilo de vida. Será un tiempo para aprehender, madurar y vivir la misericordia”.



Decía Fr. E. Lacordaire: “Hemos escogido la Orden de Predicadores porque ella se acomoda a nuestra naturaleza por su gobierno, a nuestro espíritu por su doctrina y a nuestra finalidad por sus medios de acción en la predicación y el estudio a la verdad”. Principio que, como frailes predicadores, abrazamos desde la vestición del hábito dominicano. Asumimos un proyecto de vida evangélica no por nuestros propios méritos y esfuerzos, sino guiados por la voluntad e iniciativa divina que nos ha convocado a vivirlo desde el amor. ¡Y qué mejor modo de vivir el evangelio en la Orden de Predicadores! ¡Qué mejor manera para significar que el blanco y negro –sin que signifique esto que perdemos el sentido de los colores– nos identifican! Vestimos aquellos colores en nuestro hábito como signo de nuestra consagración a un estilo de vivir concreto. Con ello, dejamos muy en claro que anhelamos abrazar con total entrega esta expresión del Evangelio que el mismo Dios, por la acción del Espíritu, inspiró en nuestro santo padre y fundador Santo Domingo de Guzmán.



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Reza un proverbio muy conocido: “El hábito no hace al monje, pero lo distingue”. Y esto se aplica muy bien a nuestro estilo de vida. Si bien es cierto que, el hábito no nos hace quienes somos, no es menos cierto que es un símbolo por el cual nos identifican como miembros de la Orden de Predicadores. En la predicación, realizada por Fr. José Gabriel, recordaba el momento de la predicación de Fr. Adalberto Cardona, O.P. en su vestición del hábito. El tema central, al igual que la de Fr. Adalberto –en aquel momento– fue el sentido teológico de las vestiduras. En ella, exhortaba a los novicios a llevar con dignidad el hábito, puesto que, de ahí en adelante serían identificados como predicadores. La gente, al mirarlos, no verán a “tal o cual persona”, sino que verán a los predicadores. Así como las diversas profesiones pueden ser identificadas por medio de sus uniformes, para la Vida Religiosa, los distintos estilos de hábito nos testimonian de cara a la sociedad. Y la gente espera que correspondamos en nuestras actitudes con lo que representamos.



Concluida la predicación tuvo lugar la vestición. Cada uno de los candidatos a iniciar el Noviciado fue llamado por su nombre y presentado ante el Prior Provincial –en representación del Maestro de la Orden Fr. Carlos Alfonso Azpiroz Costa, O.P.–. Dijeron ¡presente! –como significando ¡Aquí estoy!–. Es decir, al igual que Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”(cf. 1Sam.3,10). Estoy aquí, disponible para cumplir tu voluntad. Un acto –tal como nos recuerda Fr. Timothy– de total incertidumbre porque carecemos de la certeza respecto de lo que vendrá, pero aún así decimos ¡aquí estoy! Con esta respuesta se comprometen a nuevas respuestas. Una interrogante que encuentra contestación traerá nuestras preguntas que, de igual forma, exigirán ser respondidas. Ahora, eran interrogados sobre diversos aspectos por el Prior Provincial cuya finalidad no es sino, hacer testigo a la comunidad presente, sobre su disposición de abrazar este estilo de vida. Por ello se les preguntó lo siguiente: 1. si estaban dispuestos a vivir el Bautismo –tal como nos recuerda Santo Tomás de Aquino que: “la Vida Religiosa es la radicalización del Bautismo y la perfección de la virtud de la religión”( STh.II-II-184-1,3,5,7). También se les interrogó sobre su disposición de vivir el ideal de nuestro padre Santo Domingo y su deseo de comprometerse a vivir el carisma de la Orden. Inmediatamente se postraron y cantamos las letanías, invocando la asistencia de los santos y la bendición divina sobre los candidatos– para que se les conceda el don de la perseverancia y fidelidad en el camino que ahora inician.



Finalmente, el momento esperado: la vestición del hábito. Cada uno de los novicios se acerca al Provincial acompañado por un fraile mayor, para que aquel le vistiese con el hábito. Esta sería la nueva vestidura que desde ahora debe llevar y por la que se le identificará con nosotros: frailes predicadores. Por ello, para asumir sobre sí la vestimenta tiene que despojarse del “traje” que llevaba puesto –representando la invitación del apóstol Pablo de la nueva vestimenta–. Una vez se les ha puesto el hábito completo, retornan a su lugar y permanecen de rodillas, con la cabeza cubierta, hasta el momento en que es la ocasión para la bendición del escapulario. El novicio se acerca al Provincial y éste bendice su escapulario, le descubre la cabeza y le da el abrazo de la paz. De igual modo, los frailes presentes dan el abrazo al novicio, simbolizando su acogida en la Orden –al menos, por un año– durante el tiempo del Noviciado. La ceremonia culminó con el cántico del Salve Regina y del O Spem Miram.



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En blanco y negro han sido los colores de nuestro hábito. Ellos nos distinguen y a su vez, nos expresan uno de los ideales de la Orden de Predicadores: la búsqueda de la verdad. Estos colores han significado en el tiempo la referencia a una toma de postura concreta. El dominico es hombre o mujer de toma de posiciones. Se sitúa en un contexto determinado desde el cual dialoga con el entorno que le rodea. Pero ello no significa que se centre en sus propias opiniones, sino que su vida debe estar regida por el amor a Cristo y su mensaje liberador y por la pasión por la verdad. De esta forma, hermanos y hermanas, les invitamos a que tengan en sus oraciones a nuestro hermano Ernesto para que el Sí dado sea consecuente con los nuevos “sí” que se le pedirán.De igual modo, elevemos nuestras oraciones por el postulante Juan Torres Santiago, quien se encuentra en el Convento de Santo Domingo –Sede del Postulantado– en Colombia. Que el Dios que le ha llamado le acompañe en este recorrido que ha iniciado.


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[1] Es reprobable la actitud de “hacer lo que venga en gana” amparándose en la misericordia.

viernes, 15 de junio de 2007

COMENTARIOS AL MENSAJE DE SS. BENEDICTO XVI A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS EN LA APERTURA DE LOS TRABAJOS DEL CELAM (4 de 4)


5. “Com generosidade e até ao heroísmo, continuai trabalhando para que na sociedade reine o amor, a justiça, a bondade, o serviço, a solidariedade conforme o carisma dos vossos fundadores. Abraçai com profunda alegria vossa consagração, que é instrumento de santificação para vocês e de redenção para vossos irmãos” (Con generosidad y heroísmo, continúen trabajando para que en la sociedad reine el amor, la justicia, la bondad, el servicio y la solidaridad conforme al carisma de vuestros fundadores. Abracen con profunda alegría vuestra consagración, que es instrumento de santificación para ustedes y de redención para vuestros hermanos.)

En el Salmo 45 se nos dice lo siguiente: “El Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza” (Sal.45,1). Es una invitación a no sólo identificar en nuestro caminar la presencia divina, sino a volvernos constantemente hacia Él. Este recorrido es uno arduo. Está lleno de muchos sacrificios, ¿están dispuestos a afrontarlos? Y en ese recorrido la necesidad de identificarnos, de adherirnos, de unirnos al Dios que nos llamó, es fundamental tal como sucedió con todos/as y cada uno de nuestros/as fundadores/as. Si en nuestro recorrido vocacional no correspondemos con una actitud siempre nueva, si no buscamos dar ese testimonio del Dios que obra maravillas en nosotros, tal como sucedió con cada uno de los enfermos en las diversas curaciones que nos narran los evangelios, nuestra vida se va secando hasta perder el rumbo. Y, cuando el rumbo se nos pierde, todo lo demás pierde sentido.
Nos dice el Salmo: “vengan a contemplar las maravillas que obra el Señor”. Es decir, hemos de poner nuestra mirada en Aquel que siempre se derrocha para con nosotros, que siempre está ahí, presente, atendiéndonos en la necesidad. Ello, no es menos que, estar y vivir en la presencia de Dios. Y estar en la presencia de Dios, es hacerse guiar por Él, dejarse tocar. Pero, ello tiene la exigencia de hacernos sencillos ante Dios y poner nuestra confianza en sus manos.
El encuentro del ser humano con Dios está guiado por la iniciativa divina. Es Él quien llama, es quien nos propone un proyecto, una tarea, algo. Hemos identificado ese acercarse divino en nuestra vida religiosa conforme carismas concretos. Pero, ¿cómo identificamos esa llamada? ¿En qué contexto se da? ¿Podemos afirmar que ha sido una llamada? Éstas se dan en diversos contextos y circunstancias, por personas, por la misma comunidad, por vivencias y/o experiencias que encontramos en nuestro caminar. Pero ellas, parten desde la iniciativa de Dios y no desde la nuestra. Hemos decidido corresponder a ella, no por méritos propios y/o personales, no porque seamos mejores que otros/as, sino porque nos hemos dejado guiar por Dios, hemos encontrado en Él refugio y fortaleza.
Por eso, una actitud es la respuesta que damos a esa llamada(=iniciativa divina). Esta respuesta tiene la exigencia de un corazón desprovisto de toda vanidad. Es, ponerse en las manos de Dios para que realice su obra. “Somos instrumentos en las manos del Creador” y nuestra tarea es la de dejar a Dios que obre en nosotros. Es permitir que Dios realice su obra sin poner trabas. Podemos, en muchas ocasiones, ser obstáculos para esa acción divina. Podemos correr el riesgo de endurecernos el corazón y pensarnos que todo lo merecemos, que no hay nada que necesitemos. Pero, dicha actitud va en contra de la acción divina, puesto que, nos aleja de Dios. Nos podemos sentir auto-suficientes y sentir que no necesitamos nada de parte de Dios, pues ya estamos aquí. Pero, justamente, desde aquí, necesitamos mucho más, a cada día, de la presencia de Dios. Esta “es una vida tendida hacia la incertidumbre. No sabemos en dónde estaremos mañana”, nos dirá fr. Timothy. Y precisamente, por ello, necesitamos refugiarnos en el Padre, para que nos guíe y llene. Si no nos dejamos llenar de Él, no tendremos nada que dar. Y si no tenemos nada que dar, no tiene sentido de que dejemos nuestra vida en lo que hacemos. Por el contrario, nuestro encuentro con Dios, nuestra identificación de las maravillas que Dios obra en nosotros, deben ser testimonio vivo. Deben ser comunicadas. Al recibir los beneficios divinos darlos a conocer. Transmitirlos. Compartirlos. Dar vida a lo que hemos vivido y experimentado.
Elevemos nuestras oraciones para que el mismo Dios que ha iniciado una obra en nuestras vidas la lleve a feliz término. Y para que asumamos fiel y radicalmente este proyecto. Que en los momentos de nuestra vida, cuando nos asalte la pérdida de sentido, cuando nos apresen las “crisis”, encontremos en Dios el refugio y fortaleza para llegar a la meta, guiados por su mano.


Padre, aquí estamos;
en esta sociedad que en ocasiones me impide escuchar tu voz,
en esta historia que nos oculta, que nos esconde,
que nos roba los ecos de Tus palabras,
¡Asístenos!,
¡Ayúdanos a escuchar y discernir tu mensaje!,
¡Concédenos la paz para traducir tu hablar en mi hablar!,
haznos sencillos/as para caminar conforme a tus designios,
queremos escuchar tu voz en nuestros pasos
que viajan en momentos de sin sentido.
¡Queremos escuchar Tu voz!
Que nada la opaque en las sombras perdiéndola en el vacío,
que aprendamos lo simple de dejarte hablar en tu voluntad y no en la nuestra.
Padre,
¡Que no se calle tu voz! ¡Que no se silencie!
Mira que nuestro ser rebosa cuando Tú nos hablas,
¡Ayúdanos y danos las fuerzas para gritar!,
para responder,
para proclamar tu voz…con nuestras voces…

COMENTARIOS AL MENSAJE DE SS. BENEDICTO XVI A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS EN LA APERTURA DE LOS TRABAJOS DEL CELAM (3 de 4)


4. “lembrem aos vossos irmãos e irmãs que o Reino de Deus chegou; que a justiça e a verdade são possíveis se nos abrimos à presença amorosa de Deus nosso Pai, de Cristo nosso irmão e Senhor, do Espírito Santo nosso Consolador” (…recuerden a vuestros hermanos y hermanas que el Reino de Dios llegó; que la justicia y la verdad son posibles si nos abrimos a la presencia amorosa de Dios nuestro Padre, de Cristo nuestro hermano y Señor y del Espíritu Santo nuestro Consolador)

Otra de las sentencias más fuertes que encontramos en los evangelios es aquella en la que los evangelistas ponen en labios de Jesús la siguiente sentencia: “No he venido a traer la paz sino la guerra. He venido a hacer violencia... El Reino de Dios es uno de violencia”(Lc.16,50). Y precisamente estamos llamados a ser profetas que anuncian y denuncian en un mundo marcado por el dolor y el sufrimiento. Por nuestro deseo de anunciar el Reino de Dios, nos preparamos, para poder dar respuestas en un mundo marcado por el dolor. Manifestamos nuestra inconformidad con las estructuras de violencia que nos afectan en la convivencia social. Dejamos entrever que queremos un estilo de vida distinto al que se nos está vendiendo. Que buscamos la construcción de una sociedad de paz como legado a las futuras generaciones. Queremos la PAZ no como la simple carencia de conflictos, sino como la identificación de todos como hermanos dentro de la gran familia que es la humanidad. Queremos este espacio en el que podamos expresarnos como hombres y mujeres; como jóvenes y niños, exigiendo una vida pacífica que no sea tronchada por la cultura que crece a nuestro alrededor y que nos exige caminar conforme sus criterios. Una cultura en la que son exaltados los “desprecios” y los “reproches” a todo el que piensa distinto tiene que ser transformada.[1] No podemos seguir respaldando con nuestros silencios, el juego de una sociedad que nos obliga a integrar como parte de nuestras vidas una tendencia irracional hacia lo violento. Donde quiere hacernos cómplices pasivos de la injusticia. Donde intenta socavar la dimensión racional de la persona para hacerla esclava de cierta apatía a la bondad. Tenemos que levantarnos como cristianos de la resurrección y gritar: ¡Basta! En el rostro que nos representa en el mundo, las estadísticas –que nos califican como números– nos dejan el mal sabor de sociedades violentas. ¿Qué nos está sucediendo? ¿Qué alternativas podemos presentar desde el anuncio del Evangelio?
Estos tiempos parece que el mundo se ha convertido en una inversión de todo. Nadie sabe hacia dónde va; qué hacer o desear. Nos hemos dejado arrastrar por ideologías que nos regalan la idea de que “ser rebeldes es indicio de que estás en la onda(=de que eres “chido”, “padre”, “bacan”, etc.)”. Si piensas, actúas, vives y te expresas como los demás, estás haciendo la diferencia. En la medida en que disientas lograrás ganarte tu lugar propio en la historia. Y, no están malas las ideas, pero hay que enfocarlas en el contexto positivo. No es lo mismo ser rebelde cuando mis acciones no hacen daño a los que conviven conmigo; no es lo mismo hacer la diferencia con mi forma de pensar, actuar y obrar si está encaminada al bien común; no es lo mismo disentir, valorando al otro, y por ende, su punto de vista, para buscar una verdad común. Y esto es parte del proceso que ha de significar nuestro anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios en el mundo de hoy como religiosos/as. Tenemos la tarea, como diría Santa Catalina sobre los dominicos, el “oficio del verbo”, denunciando allí en donde se ha colado la concepción de un mundo en el que se devoran unos a otros por la lucha de poderes. Condenar el deseo de sobresalir por encima de los demás. Denunciar la búsqueda de defensa de sus derechos sin reconocer los de los demás. Otra de las funciones de nuestra experiencia de vida consagrada ha de ser la de insertar en los hombres y las mujeres de nuestro tiempo una visión de que el ser humano es capaz de vivir en sociedad. Que tiene unas implicaciones que le comprometen a un colectivo. Que no vivimos en individualidades. Que no podemos aislarnos de los demás porque constituye nuestra muerte mientras nos deshumanizamos cada vez más. “Jesús contestó: «Mi Reino no es de este mundo… Pero mi Reino no es de aquí… soy Rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz»”(Jn.18,13-17). Este Reino no se maneja bajo los criterios de los hombres. Se instaura en el corazón mismo del hombre y la mujer que se dispone a seguir sus pasos, sus enseñanzas, sus huellas. Un Reino que, a diferencia de los impuestos por los hombres, es un Reino de: 1. amor: “les mando que se amen los unos a los otros como yo mismo les he amado”; 2. que es de la Buena Noticia; 3. que exige ser anunciado: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia del Reino”; 4. que se constituye en un “aquí y ahora”, pero que encuentra su plenitud en la vida eterna en el Padre.

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[1] Decía el antropólogo cristiano René Girard: “una sociedad en la que cada vez que un justo se atreva a expresarse, se le crucifica”.

jueves, 14 de junio de 2007

COMENTARIOS AL MENSAJE DE SS. BENEDICTO XVI A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS EN LA APERTURA DE LOS TRABAJOS DEL CELAM (2 de 4)


2. “em um mundo que tantas vezes busca, sobretudo, o bem-estar, a riqueza e o prazer como finalidade da vida e que exalta a liberdade prescindindo da verdade do homem criado por Deus” (…en un mundo que tantas veces busca, sobretodo, el bienestar, la riqueza y el placer como finalidad de la vida y que exalta la libertad, prescindiendo de la verdad del hombre creado por Dios)

En el último versículo del evangelio según san Mateo se nos deja una promesa enorme: “sepan que estaré con ustedes hasta el final de los tiempos”(Mt.28,20). Es decir, en el caminar de la vida, en lo que realizamos día a día, con todos sus acontecimientos extraordinarios, aún con aquellos que no se nos muestran tan esperanzadores, hemos de intentar encontrar allí, la presencia del Dios que siempre está asistiéndonos. La presencia del Dios que nos habla y se nos acerca al corazón mismo por su iniciativa amorosa. Es la aceptación de que todo lo que nos acontece está dirigido conforme a un proyecto divino que vamos develando en la medida en que nos atrevemos a caminar. Cierto que habrá ocasiones en que se nos muestre un poco desilusionado lo que hacemos, que sintamos que no encontramos esos pastos verdes, que no hay fuentes en el desierto por el que caminamos, que las sendas son oscuras y no falta la luz… pero aún, en esos momentos, hacer como Job y gritar: “…aceptamos de Dios lo bueno y no vamos a recibir lo malo”(Jb.2,10).
En el acontecer de nuestra vida la sociedad actual sucede que podemos preocuparnos por demasiadas cosas. Nos dejamos consumir por las rutinas, por “COSAS” que a fin de cuenta nos van robando poco a poco la paz, la tranquilidad… Nos llenamos de ellas y sentimos que, mientras más acumulamos, mientras más podemos conseguir, más felices somos. Pero en el fondo, nos vamos empobreciendo. Ponemos nuestras esperanzas en lo que adquirimos y cuando eso sucede, nuestras energías se nos consumen en defender lo que se ha ganado con el sudor de la frente. Nos convertimos en esclavos del futuro. Mañana espero alcanzar más. Que esto que he logrado no lo pierda. Y es que las cosas que nos dan un “status”(=prestigio) social, se nos hacen muy necesarias para salir del olvido en donde nos sentimos hundidos. Si tenemos, y mientras mucho más sea lo que tenemos, más y mejor reconocidos seremos entre los nuestros. Sin embargo, la propuesta de Jesús es la siguiente: “no se preocupen de qué van a comer mañana, o cómo vestirán… de esas cosas se afanan los gentiles”(Mt.6,32). Es decir, no se preocupen de las cosas materiales como quienes no tienen ninguna esperanza. Ustedes, si confían en la acción misericordiosa del Padre, han de saber que Él conoce muy bien que las necesitan y por tanto, se las proveerá. No se descarrilen siguiendo tras aquellas cosas que les llenarán el corazón dejando afuera a Dios. Hacerlo, no les hará menos diferentes que, quienes no han encontrado una ocasión para dejar entrar a Dios en su ser.
Vivimos en un ambiente en donde esperar ha sido cosa del pasado. Ya no tenemos la sensibilidad para esperar. Nos hemos dejado contagiar por la desilusión de un mundo que marcha tras una especie de sinsentido, donde nada tiene que esperar o desear. Pero, ¿qué ha sido de la esperanza? ¿Dónde ha quedado nuestra capacidad de maravillarnos? En el capítulo sexto del evangelio según San Mateo, Jesús propone dos imágenes maravillosas: “los pajarillos no trabajan y tienen su alimento… los lirios del campo no bordan, costuran o tejen y están siempre vestidos de hermosos colores”(Mt.6,25-28). Entonces, ¿cuánto más no ha de darnos Dios a nosotros hechura de sus manos de un modo especial?
Y continúa diciéndonos: “No se preocupen por el mañana, aquel se preocupará por sí mismo… cada día tiene su propio afán”(Mt.6,34). Es decir, mira, si ahora tienes estas cosas, por qué te preocupas en qué alcanzarás mañana. A cada momento, su propio afán. O como nos dice la sabiduría popular: “las penas de mañana no quieras sufrirlas hoy”, o “no hagas hoy lo que puedes hacer mañana”… Somos esclavos de la rutina. Queremos construir todo de un golpe. Alcanzarlo todo para, al final, podernos lanzar en una cama a mirar al techo y decir: Ahora sí que puedo descansar en paz… todo lo tengo asegurado… “a comer y a beber en medio de las fatigas porque es don de Dios”(Ecle.3,13) como nos dice el libro de Qohélet(=Eclesiastés). A comer y a beber porque no me falta nada. He trabajado sin descanso para ello, me he preocupado por todo. Ahora a disfrutar de ello. Pero, ¿Qué será de todo lo demás? Nos aferramos a las cosas y ¿qué lugar dejamos para Dios?

3. “vocês são testemunhas de que existe outra forma de viver com sentido” (…ustedes son testimonio de que existe otra forma de vivir con sentido)

La invitación que hace Jesús en el capítulo sexto de Mateo es fuerte. Es signo de contradicción con una visión desesperanzada para quienes ponen su confianza en la búsqueda de todo lo que no es DIOS: “Busquen primero el Reino de Dios… todo lo demás se les dará por añadidura”(Mt.6,33). Es decir, están bien las cosas que alcanzamos con nuestro esfuerzo, pero ellas no pueden alejarnos de buscar a Dios. No pueden alejarnos de ese recorrido del Reino. No podemos anteponer al proyecto de anunciar el acontecimiento de la Buena Nueva las ataduras que nos significan las cosas materiales, el bienestar propio, las seguridades y/o comodidades. Recordemos lo que dijo a aquel que le pidió ir a enterrar a sus padres antes de seguirlo: “Quien no sea capaz de renunciar a su padre, a su madre y a sus hermanos no es digno de seguirme”(Mt.8,38;Lc.14,27). En otras palabras, quien no es capaz de renunciar a esas seguridades que dan las cosas, a la estabilidad que prometen, y se aferra a ello, no es capaz de descubrir la sensibilidad para anunciar el mensaje del Reino. Y esta es la condena que lanza el profeta Jeremías sobre los pastores: “los pastores se han dedicado a beneficiarse ellos y se han olvidado del pueblo”(Jer.23,1-4). Ésos son los malos pastores. Roban la lana de las ovejas, se llenan, se sacian, se hartan de su carne y luego las dejan en el abandono. Las olvidan cuando ya no pueden sacarle nada más. A esos pastores se les pedirá cuenta de ello, porque no han sido fieles a la tarea que se les ha encomendado desde el cielo. “No me han escogido ustedes, fui yo mismo quien les escogió”(Jn.15,16) nos dirá Jesús. Y es que la tarea de “pastoreo” en la Iglesia es un acto amoroso del Padre en donde toma la iniciativa. No lo hacemos por cuenta propia, sino convocados por aquel que nos ha mirado desde u infinito amor, quien se ha mostrado Padre providentísimo. Es la experiencia de un Dios que se manifiesta con su amor, que ha querido y continúa acercándose al hombre y a la mujer para realizar una historia de salvación. Sin embargo, este darse a conocer de Dios, este revelarse al ser humano exige un compromiso de su parte; exige una respuesta específica. Es la acción dinámica de su invitación a abrirnos desde el interior a su voz; es el despojarnos total y radicalmente de todas aquellas situaciones en las que nos encontramos seguros, para dejar a esa voz que resuene. Sin embargo, la sociedad actual nos exige mayor tiempo del que poseemos. Nos exige todo. Mucho más de lo que queremos y/o sentimos que podemos dar. Nos compromete para andar a la moda; para estar al nivel de los demás, para que no sea menos que los otros. Somos hijos e hijas de un ambiente determinado por la falta de sentido. Y en él, nos sentimos incapaces de dar nombres. Y es que la vida nos reclama, nos exige, nos recomienda que el tiempo no se puede desperdiciar en esas tonterías –porque el tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo–. Y dicen bien, tenemos que ocuparnos de lo que construimos día a día, pero conscientes de que es el mismo Dios quien obra y nos guía en nuestro diario vivir; es Él quien nos va conduciendo paso a paso para que caminemos conforme su voluntad. Nos capacita para que, asumiendo de modo responsable nuestras vidas, podamos discernir lo que quiere de nosotros y ser testigos en un mundo herido y sufrido. Si vivimos de este modo hacemos una diferencia desde nuestra experiencia de consagrados/as.

COMENTARIOS AL MENSAJE DE SS. BENEDICTO XVI A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS EN LA APERTURA DE LOS TRABAJOS DEL CELAM (1 de 4)



En la Constitución Lumen Gentium, al igual que en el Decreto Perfectae Caritatis podemos identificar una línea fundamental respecto de nuestra identidad cristiana desde la Vida Religiosa: “La vida religiosa es la radicalización de la experiencia de Dios”(LG#44). De esta forma, el documento La vida según el Espíritu en las Comunidades religiosas de América Latina, publicado por la CLAR en 1973, aporta a la misma idea lo siguiente:


“... el ser religioso implica hacer de esa experiencia el centro de la propia vida. Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica dice: La vida religiosa consiste en la perfección de la virtud de la religión”.


Por tanto, la experiencia de la vida religiosa ha de llevarnos a explorar la vida interior y exterior desde la unión con Dios. Es decir, abrirnos a la posibilidad de que el Dios que nos ha llamado por nuestro nombre, nos hable desde el corazón. Es adentrarnos en su búsqueda para caminar conforme sus proyectos.
En el mensaje que dedica el Papa Benedicto XVI al Episcopado del CELAM, reunido en Brazil, nos invita –como religiosos/as– a contemplar la experiencia de la Vida Religiosa como un “acontecimiento” en el que Dios llama a personas concretas, desde contextos diversos, a vivir de un modo distinto y radical su identidad cristiana. Otro de los elementos presentes en su mensaje a los religiosos es el tema del testimonio de vida y la consagración religiosa. El mensaje es claro: “como vida consagrada tenemos la obligación, como parte de nuestra opción, de ser testimonio para la vida de las comunidades eclesiales en América Latina y el Caribe”. Y, precisamente por la tarea de ser testigos, frente a la realidad de nuestros pueblos, hemos de proyectar la alegría de un estilo de vida que implica otro modo de vivir.
Para no extendernos, procederé a citar los fragmentos del texto en que se refiere a los religiosos. El documento completo lo puede encontrar en el Portal del CELAM dedicado a la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en: http://www.celam.info/content/view/242/1/. Las palabras del Santo Padre a los religiosos fueron en portugués. Por ello, he decidido poner en primer lugar las mismas, seguidas de una traducción y a continuación algunos comentarios y/o reflexión.

Contenido del Mensaje:

1. “A sociedade latino-americana e caribenha tem necessidade do vosso testemunho” (La sociedad latinoamericana y caribeña tiene necesidad de vuestro testimonio)

Nos dice la Constitución Gaudium et Spes:

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia”.(GS #1)

En otras palabras, estar en medio de los dolores, de las necesidades, de las frustraciones, de las muertes y agonías de la gente. Estar allí como hombres que han identificado el Dios que habita en ellos, el Dios de Jesucristo y que dan testimonio de Él. Es la interacción entre las palabras y la vida. ¡Integradas! Y todo, consecuencia de haber experimentado en carne propia aquellas luchas que vive nuestro continente, y ser diferentes. Decía el Maestro Eckhart: “La gente no debería preocuparse tanto acerca de lo que hace, sino de lo que debería ser. Si somos buenos y lo son también nuestras costumbres, estaremos radiantes”.[1] Es decir, vivimos nuestra experiencia de Dios plenamente, totalmente y sin fingimientos, nuestra vida no será otra cosa que una transparencia de Dios. Al respecto dice fray Timothy Radcliffe: “Sólo tendremos una palabra de esperanza si vislumbramos desde dentro las penas y desesperanzas de aquellos a los que predicamos(=a los que servimos). No tendremos una palabra que pueda ofrecer un significado para la vida de la gente si antes no hemos sido tocados por sus dudas y hemos vislumbrado el abismo”.[2] Y continúa:

“La crisis fundamental de nuestra sociedad es quizás una crisis de sentido. La violencia, la corrupción y la drogadicción son síntomas de una enfermedad mas profunda, que es el hambre de sentido para nuestra existencia humana. Para hacernos predicadores, Dios puede llevarnos a ese desierto. Y allí colapsarán nuestras antiguas certezas, y el Dios que hemos conocido y amado desaparecerá. Y entonces quizás tengamos que participar en la noche oscura de Getsemaní, cuando todo parece absurdo y sin sentido, y el Padre parece estar ausente. Y, sin embargo, solo si nos dejamos llevar allí, donde nada tiene ya sentido, podremos ofrecer la palabra de gracia que Dios ofrece a nuestro tiempo.”[3]

De cara a esto, les dejo las interrogantes que el Papa Pablo VI escribía con angustia en la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi:

“Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿creen verdaderamente en lo que anuncian? ¿Viven lo que creen? ¿Predican verdaderamente lo que viven? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar sin rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos”[4]

Encontrarse consigo mismo y con el Dios que habita en el interior, con Aquel que nos habla al corazón, es la ocasión para salir de las oscuras noches del alma… de nuestro Getsemaní y compañía para nuestros hermanos y hermanas en la experiencia de vida y fe cristianas.


_________________
[1] ECKHART, Meister. Tratados y Sermones. Edición Digital. (de BRUGGER, Ilse M. trad.). Edhasa. Barcelona. 1983. p. 60.
[2] RADCLIFFE, Fr. Timothy. “Promesa de Vida” en Alabar, Bendecir y Predicar: Palabras de Gracia y Verdad 1962-2001. Editorial San Esteban. Salamanca. 2004. p. 416.
[3] Idem. pp. 420-421.
[4] PABLO VI. Evangelii Nuntiandi. 4a ed. Ediciones Trípode. Caracas. 1975. p. 83.

domingo, 20 de mayo de 2007

EL SERVICIO EN LA VIDA RELIGIOSA COMO SEGUIMIENTO DE CRISTO (3 de 3)


Amar al ser humano es una tarea de compromiso para la VR. Primero en las comunidades de las que formamos parte, donde hemos coincidido con otras personas que quieren buscar a Dios en forma semejante a la nuestra, mediante el compromiso radical de la vida. Es dar testimonio de que Dios actúa a cada instante en la vida y en la historia humana. Es la capacidad de querer reafirmar siempre nuestras promesas. Por ello, la VR es la determinación espontánea de querer seguir el camino identificado, no conforme a los planes y/o proyectos personales, sino conforme a los que identifico desde el Padre. Es hacer la propuesta de vida, aún con la certeza de lo incierto; sabiendo que nuestros caminos no son sus caminos, pero que nos irá llevando a una comprensión de ello a través de los golpes de la vida. Para ello, hemos de tener la voluntad de lanzarnos a vivir la experiencia con todo nuestro empeño y ánimo confiado.
Las rutinas de la VR pueden ser un obstáculo para la voluntad. Podríamos caer en la inercia de que todo aparenta lo mismo; de que nada nos tiene sentido porque quizás no puedo llevar a cabo mis planes. Así, vamos perdiendo el timón en la VR y nos cuestionamos incluso, sobre su sentido y validez en el tiempo presente. Sin embargo, en esas ocasiones es ponerse totalmente vacío en las manos del Padre. Preguntarnos, ¿qué nuevas cosas me pides? Para responder con ánimo confiado como Jesús en el Huerto de los Olivos: “¡que se haga tu voluntad y no la mía!”(Mc.14,36) Mi corazón está dispuesto a tu palabra. “Habla Señor que tu siervo escucha...”(1Sam.3,10).
La VR es un proceso de conocimiento de Dios; de identificación personal con Jesucristo y a partir de este, con el Padre. Sin embargo, este encuentro con Jesús entraña la capacidad de un abandono libre en sus manos pues “sólo él tiene palabras de vida eterna”(Jn.6,68). Por tanto, la VR aparece como un eterno-humano contemplar al Padre por medio de Cristo. Ahora bien, hasta el momento hemos reflexionado sobre el servicio y el hacer la voluntad del Padre. Hemos identificado desde nuestra voz interior lo que traducimos mediante la asistencia del Espíritu Santo, como esa voluntad divina. Sin embargo, para que halla servicio tiene que haber un mensaje que convoque a hacerlo realidad. Es decir, una invitación. De igual forma, para corresponder a la invitación divina por medio de nuestras –muchas– respuestas tiene que haber un mensaje que comunique, estimule e invite a tales. El mensaje cristiano conlleva la identificación y adhesión con Aquel que nos amó primero y que nos invita a corresponder con amor. Pero, la tarea del amor es sumamente difícil. Exige que vaciemos el corazón de nosotros mismos para llenarlo de su presencia. Esto no es otra cosa sino el acercarnos con una actitud firme y necesitada poniéndonos en el camino de su búsqueda. Sabemos que el cristianismo es la religión del camino.
En el capítulo 14 del evangelio según San Juan, se nos proponen los contenidos de este mensaje que, lejos de extirpar de nuestras noches oscuras las ocasiones de ese sentimiento en lo incierto, lo acrecientan. Ello, porque, pese a la certeza de gozar de la promesa hecha por Dios mismo, de compartirnos su amor, nos comprometen en un proyecto específico que sólo con su asistencia y presencia podremos realizar. Así, el seguimiento de Cristo en la VR implica estar al lado de Jesús, gozar al lado del Padre. Jesús es el rostro del Padre mismo: “quien me ve a mí ve a quien me ha enviado”(Jn.12,45) “El Padre y yo somos uno”(Jn.17,23) Es la realización de este contacto con Dios del cual nos hablan muchos místicos. Es la culminación de un proyecto continuo de respuestas al Dios que se ha comprometido porque tiene algo que decir. Es el retorno a la plenitud, donde “nos lanzamos a descansar de la agitada obra de la VR en un mundo de aparentes oídos sordos”. Es la capacidad de gozar la culminación de una búsqueda que ha llegado a su fin: “el amado ha llegado conmigo”. Es el tiempo de regocijo y de fiesta porque aquello que se tornaba oscuro se ha transformado en claridad. Contemplo a este Dios que me ha encontrado y me celebro en su amor por medio de su Hijo: “si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre que me ha enviado”(Jn.14,7) Es la experiencia que nos lleva a gritar con Felipe: “muéstranos al Padre”(Jn.14,8) Estamos sedientos de conocerlo. Nuestra VR se nos puede tornar rutina si no la llenamos de Él. Muéstranos al Padre para hacerlo presente en cada uno de los hermanos de mi comunidad para que “todos seamos uno como tú y el Padre son uno”(Jn.17,22).
Somos instrumentos en las manos del Creador. Él nos impulsa para realizar su obra conforme las capacidades de cada uno –aunque esto pueda sonar chocante– ya que Dios capacita a quien llama. Lo cierto es –y esta es mi humilde visión– que nunca exige más de lo que la persona que es capaz de dar. A menudo, en la VR nos encontramos con religiosos frustrados porque han tenido que realizar tareas que no se sienten capaces de llevar a cabo. Es sumamente triste descubrir religiosos que actúan mecánicamente, como si Dios no existiera. Se adjudican logros que satisfacen el EGO, ante los cuales Dios no cuenta ni figura para nada. Sin embargo, cuando todo sale mal recurren a Dios para reprocharle su ausencia y no-intervención. Un religioso que actúa de esta forma, a la larga pierde el interés y el sentido de la VR llegando a emigrar de la misma porque ya no encuentra sentido. Entonces, ¿qué podemos hacer? Reconocer y continuar con la obra fundamental de la VR: la construcción del Reino desde una dimensión radical en la vivencia del Evangelio. ¿Cómo abandonaría Dios a los que llama? Rescatar la persona de Jesús es una de las urgencias actuales para la VR. Los religiosos parecemos en ocasiones más seguidores de los fundadores –que no está mal– de los santos, y otros tantos, pero dejamos de lado a Jesús porque estamos muy seguros que allí, en el subconsciente freudiano está presente. Pero, ¿qué valor tiene la persona de Cristo en mi VR? ¿Cuál es mi identificación con este Jesús que me muestra el rostro del Padre? Debemos pedir al Padre retornar siempre a la renovación de la experiencia de gratuidad amorosa de su ser, puesto que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo”(Jn.3,16) nos refiere a la entrega que realiza en la Última Cena y que debe ser nuestra entrega a este proyecto –que no es nuestro, sino de Dios–, haciéndonos sus discípulos. El discípulo no es más que el maestro, pero es hacia este(=el discípulo) a quien se tiende. ¿Cuál es mi condición de discípulo en la VR? ¿Estoy unido/a al Maestro? ¿Qué mandamientos atesoro en toda mi experiencia de vida consagrada? Guardar los mandamientos de Jesús no es otra cosa, sino AMAR. El amor es el resumen de todo. Por amor Dios se compromete con el SH. Por amor no duda en ofrecer a su Hijo. Por amor el Hijo no titubea en abrazar una CRUZ. Por amor se torna en banquete eucarístico. Por amor nos deja el Espíritu Santo quien derrama, y es un derroche de amor sobre la humanidad. El amor es la medida por la cual se verifican a sus discípulos. Es el eje fundamental de la doctrina de este Maestro que no pide más que “amarse unos a otros como él mismo ha amado”(Jn.15,12) Pero, ¿cómo encarno esta dimensión del amor? ¿Cómo vivo desde mi VR la condición de discípulo?El Dios de Jesucristo es un Dios de paz, pero, “no como la da el mundo”(Jn.14,27), sino como esa experiencia de la tranquilidad del corazón que nos impulsa en la entrega al amor incondicional del Padre. La VR ha de ser ejemplo de esta paz. Nuestras comunidades deben dar testimonio de ello ante el mundo, y cada uno de nosotros debe transmitir los frutos de dicha paz. Pero, en ocasiones no somos el mejor ejemplo de ello. Lo que debemos testimoniar se traduce en nuestra acusación porque no sabemos estar en paz. Somos prisioneros del mundo que nos ha capturado hasta hacernos reconstruirlo en el interior de nuestras comunidades. Es maravilloso ver a tantos hombres y a tantas mujeres que dan testimonio en su vida religiosa de esta paz. Pero, ¿podemos nosotros llegar a ella? ¿Puedo afirmar que mi comunidad es un remanso de paz? Y esto no quita que halla conflictos porque ¡somos humanos! ¡Y muy distintos! Por algo, algunos dicen que la vida fraterna y/o comunitaria es la mayor penitencia de la VR. Pero, si hay paz en cada uno de sus miembros las diferencias y dificultades que surjan pueden eliminarse. La VR nos exige que seamos testigos de la verdad, pero ¿cuál es mi verdad? ¿Qué verdad hay detrás de mis respuestas? ¿Cuál es la verdad de mi comunidad en este momento? ¿Estamos dispuestos a escuchar la verdad y dejarnos interpelar por ella? ¿A qué nos invita hoy? ¿Qué novedad trae a mi VR? Pero, este tema de la verdad será tratado más adelante.

sábado, 19 de mayo de 2007

EL SERVICIO EN LA VIDA RELIGIOSA COMO SEGUIMIENTO DE CRISTO (2 de 3)


El servicio implica hacernos pequeños: un libro de meditaciones lleva el siguiente título: El valor de las pequeñas cosas. Nuestra naturaleza humana siempre nos lleva a quedar inconformes con lo que tenemos, hacemos o hemos logrado. Eso está bien, porque la inclinación a buscar la perfección nos encamina en el rumbo de la virtud. Ahora, cuando la inconformidad se torna en obsesión se produce un problema: nos concebimos como héroes destinados a realizar grandes cosas. Y, todo aquello que no pasa por los criterios de lo que me pueda producir “status”, reconocimiento, etc... no es para mí. Así olvidamos que “El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho; el que es deshonesto en lo poco, es deshonesto en lo mucho”(Lc.16,10). Y hacernos pequeños no quiere decir que actuemos con infantilismos y caprichos. Hacernos pequeños quiere decir que tengamos la capacidad de concebir al otro como igual, dotado de la imagen divina que puso sobre cada uno. Es la capacidad de amar incondicionalmente. Es la capacidad de relacionarnos conforme a lo que nos ha unido en la comunidad. Es amar desde el servicio y el servir desde el amor.
La VR es resultado de una primera intención: hacer la voluntad del PADRE. Dicha voluntad parte desde su iniciativa amorosa. No es que hayamos decidido elegirla, sino que él nos eligió y nos capacitó antes, para decir SI, mientras nos prepara a diario para la fidelidad a esa voluntad. Claro, esto exige LIBERTAD. La VR implica libertad. Cierto que puede aparentar en muchas ocasiones que hemos sido privados de la misma por las opciones y renuncias que tenemos que hacer. Encomendamos nuestras vidas a una comunidad, a un proyecto, a la Iglesia… por medio de la obediencia. Encomendamos nuestra exclusividad del amor a la totalidad de los seres humanos en una opción espontánea por la construcción del Reino. Nos liberamos –o por lo menos aspiramos en lo personal– de pertenencias materiales que nos impidan llegar a donde nuestros hermanos nos necesiten. Y todo esto, por la libertad de una promesa que voluntariamente hacemos por AMOR para cumplir con la voluntad del proyecto divino en nosotros. Tenemos la capacidad de ejercer la libertad que Dios no anula, sino que nos va acompañando mediante su presencia, para que la misma corresponda a la realización de aquellas cosas que nos va pidiendo que realicemos a diario. Sin embargo, en ocasiones dentro de nuestras comunidades no identificamos la posibilidad del ejercicio de esta libertad. Caemos prisioneros del voluntarismo y nos aferramos a proyectos, posiciones, o a muchas cosas que nos empobrecen en la libertad. Caemos en el unilateralismo de las decisiones, privándonos del diálogo y del común acuerdo. En un ambiente así no se puede realizar la voluntad del Padre porque ¿cómo puede hacerse su proyecto anulando la libertad? ¿Cómo identifico la voluntad del Padre? ¿Qué cosas me hacen sentir libre? ¿Cuáles siento que son obstáculos y limitan esta libertad? ¿Cómo he ido respondiendo a mi proyecto personal y comunitario de la VR desde Dios? ¿Estamos conscientes de ello? Se nos dice que el seguimiento de Cristo constituye un acto de fe. Lanzarse a una llamada que nos ha hecho y sólo nos corresponde dar respuestas desde la incertidumbre del mismo proyecto. Él se compromete en un acto voluntario para con el SH y a este corresponde responder de diversos modos. En nuestro caso desde la VR, con los diversos tiempos de reafirmar nuestras respuestas. Cierto que habrá ocasiones en que experimentaremos algún tipo de –podríamos llamarle, inconformidad– con nuestras respuestas. Nos sentiremos urgidos de dar respuestas que no aparecen claras. Allí, estamos ante la oscuridad de la noche. Esa etapa en el proceso de la vida que nos lleva a replantear nuestra existencia en la búsqueda de Dios; en el caminar verificando su voluntad, para cumplirla. Místicos y Santos pasaron por esa vida de sombras. La noche[1] espesa que oculta la luz, pero que no puede esconder a ese Dios que nos guía desde el momento en que nos encontramos con él, transformando la noche en amanecer. Es encontrar las fuerzas para dar respuestas desde el amor.
La VR es una experiencia de amor. Pero, esta se mueve entre dos dimensiones: el amor radical al Dios que me ha llamado y que siempre me sale al encuentro –tal como lo expresa Lucas en la parábola del Hijo Pródigo– y, amor al proyecto de vida que he ido discerniendo en mi caminar. Así, la experiencia del amor a Dios en la VR abarca la espontaneidad de abrazarse al Padre. Permitir desde nuestra sencillez humana que hable al corazón. Abrirse a la posibilidad de su escucha. Ponerse en camino a partir de cada una de las ocasiones en que experimentamos las noches oscuras, para gritar con todo nuestro ser: ¡Aquí estoy, haz; cumple en mí según tu voluntad! Haz en mi vida según tu promesa, la que he seguido desde la libertad que tú mismo me has inspirado; que tú mismo me has revelado. Mira, mi caminar no ha sido fácil. Se ha tornado árido en muchas ocasiones, y sé que aún me falta mucho, pero si estás de mi lado puedo llegar a la mañana. Estoy dispuesto a retornar a tu presencia en esta ocasión en que me encuentro solo.Es la capacidad de amar desde Dios a Dios mismo. A Él, que no nos pide más que corresponder con una respuesta amorosa a su promesa amorosa. Por ello, la VR es una experiencia de amor para con el SH. Optar por el SH en todas sus formas. Acercarse al hombre y a la mujer con un corazón vacío de diferencias para el mutuo enriquecimiento. Habrá muchas ocasiones en que sentiremos que nos quieren hacer daño, que nos odian, que buscan atacarnos sin razón alguna. Pero, en esos momentos hemos de recordar las palabras de Jesús: “no es el siervo más que su amo. Recuerden que si el mundo los odia, a mí me odió primero”(Jn.15,18-21). Y es que la naturaleza humana se debate entre el bien y el mal –sin sonar dualista–. Esto, porque cuando realizamos el bien la gente poco lo recuerda, pero cuando hacemos algo mal, todos se encargan de recordarlo y lo hacen un calificativo de nuestras vidas, casi como sinónimo de nuestra identidad. En cierta forma, podemos contemplarlo desde una visión optimista: quiere decir que hacer el bien es normal entre todos, mientras que hacer el mal(=hacer las cosas mal) es lo que sale de la norma. Como exhorta San Pablo: “En cuanto a ustedes, hermanos, no se cansen nunca de hacer el bien”(2Tes.3,13).
[1] La expresión “noche”, es una etapa de la vida. No es sólo la noche temporal, sino también el tiempo de mirarse hacia el interior. Es la soledad en la búsqueda de Dios en donde nos confrontamos cara a cara con él para dar sentido a la existencia.

viernes, 18 de mayo de 2007

EL SERVICIO EN LA VIDA RELIGIOSA COMO SEGUIMIENTO DE CRISTO (1 de 3)


La búsqueda de Dios tiene como elemento fundamental la capacidad de apertura a su voluntad. Cuando nos enfrentamos a la necesidad de hacer no lo que queremos, sino lo que está destinado por otros a que realicemos, aflora lo instintivamente humano en cada uno para obviar de cualquier modo lo que no queremos hacer. San Pablo nos presenta en sus cartas, lo siguiente: “hago lo que no quiero y lo que quiero no lo hago”, y es que la tarea que realizamos no parte desde nuestras propias iniciativas, sino desde un acto libre, espontáneo y amoroso de Dios. Sin embargo, esa iniciativa no culmina en una única y definitiva respuesta. Al contrario, es una a la que hay que responder a cada instante porque exige la novedad de hacer las cosas siempre nuevas desde Dios.
Las Sagradas Escrituras constituyen una palabra que interpela y cuestiona desde nuestra propia realidad. Nos invita a dar unas respuestas que se renuevan a cada instante. Esta es la dinámica a la que deben asistir durante estos días: estar dispuestos a entrar. A menudo escuchamos la expresión: “Dios Habla Hoy”. Pero, ¿qué lugar encuentra su Palabra en mi persona? ¿Qué sentido tiene en estos momentos de mi Vida? ¿Cómo identifico esa palabra? ¿A qué me llama?
La VR[1] está marcada, en una forma natural, por una dimensión de servicio. Pero, ¿qué rostros tiene dicho servicio? ¿Cuáles le doy? En el capítulo 13 del evangelio según San Juan encontramos diversas definiciones que imprimen una identidad propia al tema del servicio, las cuales podemos aplicar como fundamentos para la VR. De este modo, el sentido del SERVICIO para la VR implica en primer lugar “hacernos discípulos de Jesús y hacerlo tal como Él lo hizo”(Jn.13,14-15). Esta primera significación del servicio nos puede parecer chocante. ¿Hacernos discípulos de Jesús, nosotros? ¿Es que no lo somos ya mediante la opción que hemos hecho? “No me han elegido ustedes, fui yo quien les ha elegido”(Jn.15,16). O sea, el acto de respuesta nuestra, lejos de ser espontáneo, trasciende las dimensiones humanas, por eso, hemos de reafirmar cada día nuestras respuestas. Y que sea un compromiso de toda la vida. No es meramente decir sí, el que se termina cuando entra en conflicto con mis intereses.
Hacer las cosas tal como Jesús las hizo, en la VR es abrirse a la acción divina permitiendo que obre en nosotros. Es la fidelidad que se construye a partir de los diversos SI, que damos. Pero también a partir de los diversos NO. No es siempre el que dice “sí” a todo, quien cumple la voluntad divina. A veces tenemos que decir NO porque descubrimos que aquello que se nos pide no va conforme al proyecto divino que he identificado en mi caminar. Ser discípulo de Jesús implica servir. Hacernos servidores del prójimo. Ponernos a la disposición de quien nos rodea aún más allá de las seguridades propias. Es la apertura del corazón, libre y sencillo, que lo pone todo en la necesidad del otro. En esta experiencia es que nos vamos haciendo hermanos y nos humanamos cada vez más. Dice F. Cabral: “somos hermanos de la Madre Teresa quien nos enseña que el lugar de uno está donde su hermano lo necesita”[2]. Pero, ¿quiénes son mis hermanos? “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”(Lc.8,21). Vivirán en comunidades religiosas. No han decidido con quiénes iban a vivir, sino que compartirán la vida, los mismos sueños e ideales, los anhelos y las esperanzas resultado de una llamada divina. Es el mismo Dios quien los ha reunido en una familia mayor, cuyo fundamento ha de ser la búsqueda de Dios para la construcción del Reino predicado por Jesús. Y, esta tarea exige de ustedes la capacidad de hacerse servidores. Es el seguimiento de Jesús que no sólo invita a lavar los pies de los hermanos y besarlos, sino también a ser consecuentes con los proyectos, ideales y sueños de la comunidad. En otras palabras, es la capacidad de vivir la caridad, la bondad y la amabilidad.
[1] Vida religiosa en adelante: VR.
[2] CABRAL, Facundo. Ayer soñé que podía y hoy puedo. Editorial Vergara. Argentina. 1995. p. 15