domingo, 20 de mayo de 2007

EL SERVICIO EN LA VIDA RELIGIOSA COMO SEGUIMIENTO DE CRISTO (3 de 3)


Amar al ser humano es una tarea de compromiso para la VR. Primero en las comunidades de las que formamos parte, donde hemos coincidido con otras personas que quieren buscar a Dios en forma semejante a la nuestra, mediante el compromiso radical de la vida. Es dar testimonio de que Dios actúa a cada instante en la vida y en la historia humana. Es la capacidad de querer reafirmar siempre nuestras promesas. Por ello, la VR es la determinación espontánea de querer seguir el camino identificado, no conforme a los planes y/o proyectos personales, sino conforme a los que identifico desde el Padre. Es hacer la propuesta de vida, aún con la certeza de lo incierto; sabiendo que nuestros caminos no son sus caminos, pero que nos irá llevando a una comprensión de ello a través de los golpes de la vida. Para ello, hemos de tener la voluntad de lanzarnos a vivir la experiencia con todo nuestro empeño y ánimo confiado.
Las rutinas de la VR pueden ser un obstáculo para la voluntad. Podríamos caer en la inercia de que todo aparenta lo mismo; de que nada nos tiene sentido porque quizás no puedo llevar a cabo mis planes. Así, vamos perdiendo el timón en la VR y nos cuestionamos incluso, sobre su sentido y validez en el tiempo presente. Sin embargo, en esas ocasiones es ponerse totalmente vacío en las manos del Padre. Preguntarnos, ¿qué nuevas cosas me pides? Para responder con ánimo confiado como Jesús en el Huerto de los Olivos: “¡que se haga tu voluntad y no la mía!”(Mc.14,36) Mi corazón está dispuesto a tu palabra. “Habla Señor que tu siervo escucha...”(1Sam.3,10).
La VR es un proceso de conocimiento de Dios; de identificación personal con Jesucristo y a partir de este, con el Padre. Sin embargo, este encuentro con Jesús entraña la capacidad de un abandono libre en sus manos pues “sólo él tiene palabras de vida eterna”(Jn.6,68). Por tanto, la VR aparece como un eterno-humano contemplar al Padre por medio de Cristo. Ahora bien, hasta el momento hemos reflexionado sobre el servicio y el hacer la voluntad del Padre. Hemos identificado desde nuestra voz interior lo que traducimos mediante la asistencia del Espíritu Santo, como esa voluntad divina. Sin embargo, para que halla servicio tiene que haber un mensaje que convoque a hacerlo realidad. Es decir, una invitación. De igual forma, para corresponder a la invitación divina por medio de nuestras –muchas– respuestas tiene que haber un mensaje que comunique, estimule e invite a tales. El mensaje cristiano conlleva la identificación y adhesión con Aquel que nos amó primero y que nos invita a corresponder con amor. Pero, la tarea del amor es sumamente difícil. Exige que vaciemos el corazón de nosotros mismos para llenarlo de su presencia. Esto no es otra cosa sino el acercarnos con una actitud firme y necesitada poniéndonos en el camino de su búsqueda. Sabemos que el cristianismo es la religión del camino.
En el capítulo 14 del evangelio según San Juan, se nos proponen los contenidos de este mensaje que, lejos de extirpar de nuestras noches oscuras las ocasiones de ese sentimiento en lo incierto, lo acrecientan. Ello, porque, pese a la certeza de gozar de la promesa hecha por Dios mismo, de compartirnos su amor, nos comprometen en un proyecto específico que sólo con su asistencia y presencia podremos realizar. Así, el seguimiento de Cristo en la VR implica estar al lado de Jesús, gozar al lado del Padre. Jesús es el rostro del Padre mismo: “quien me ve a mí ve a quien me ha enviado”(Jn.12,45) “El Padre y yo somos uno”(Jn.17,23) Es la realización de este contacto con Dios del cual nos hablan muchos místicos. Es la culminación de un proyecto continuo de respuestas al Dios que se ha comprometido porque tiene algo que decir. Es el retorno a la plenitud, donde “nos lanzamos a descansar de la agitada obra de la VR en un mundo de aparentes oídos sordos”. Es la capacidad de gozar la culminación de una búsqueda que ha llegado a su fin: “el amado ha llegado conmigo”. Es el tiempo de regocijo y de fiesta porque aquello que se tornaba oscuro se ha transformado en claridad. Contemplo a este Dios que me ha encontrado y me celebro en su amor por medio de su Hijo: “si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre que me ha enviado”(Jn.14,7) Es la experiencia que nos lleva a gritar con Felipe: “muéstranos al Padre”(Jn.14,8) Estamos sedientos de conocerlo. Nuestra VR se nos puede tornar rutina si no la llenamos de Él. Muéstranos al Padre para hacerlo presente en cada uno de los hermanos de mi comunidad para que “todos seamos uno como tú y el Padre son uno”(Jn.17,22).
Somos instrumentos en las manos del Creador. Él nos impulsa para realizar su obra conforme las capacidades de cada uno –aunque esto pueda sonar chocante– ya que Dios capacita a quien llama. Lo cierto es –y esta es mi humilde visión– que nunca exige más de lo que la persona que es capaz de dar. A menudo, en la VR nos encontramos con religiosos frustrados porque han tenido que realizar tareas que no se sienten capaces de llevar a cabo. Es sumamente triste descubrir religiosos que actúan mecánicamente, como si Dios no existiera. Se adjudican logros que satisfacen el EGO, ante los cuales Dios no cuenta ni figura para nada. Sin embargo, cuando todo sale mal recurren a Dios para reprocharle su ausencia y no-intervención. Un religioso que actúa de esta forma, a la larga pierde el interés y el sentido de la VR llegando a emigrar de la misma porque ya no encuentra sentido. Entonces, ¿qué podemos hacer? Reconocer y continuar con la obra fundamental de la VR: la construcción del Reino desde una dimensión radical en la vivencia del Evangelio. ¿Cómo abandonaría Dios a los que llama? Rescatar la persona de Jesús es una de las urgencias actuales para la VR. Los religiosos parecemos en ocasiones más seguidores de los fundadores –que no está mal– de los santos, y otros tantos, pero dejamos de lado a Jesús porque estamos muy seguros que allí, en el subconsciente freudiano está presente. Pero, ¿qué valor tiene la persona de Cristo en mi VR? ¿Cuál es mi identificación con este Jesús que me muestra el rostro del Padre? Debemos pedir al Padre retornar siempre a la renovación de la experiencia de gratuidad amorosa de su ser, puesto que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo”(Jn.3,16) nos refiere a la entrega que realiza en la Última Cena y que debe ser nuestra entrega a este proyecto –que no es nuestro, sino de Dios–, haciéndonos sus discípulos. El discípulo no es más que el maestro, pero es hacia este(=el discípulo) a quien se tiende. ¿Cuál es mi condición de discípulo en la VR? ¿Estoy unido/a al Maestro? ¿Qué mandamientos atesoro en toda mi experiencia de vida consagrada? Guardar los mandamientos de Jesús no es otra cosa, sino AMAR. El amor es el resumen de todo. Por amor Dios se compromete con el SH. Por amor no duda en ofrecer a su Hijo. Por amor el Hijo no titubea en abrazar una CRUZ. Por amor se torna en banquete eucarístico. Por amor nos deja el Espíritu Santo quien derrama, y es un derroche de amor sobre la humanidad. El amor es la medida por la cual se verifican a sus discípulos. Es el eje fundamental de la doctrina de este Maestro que no pide más que “amarse unos a otros como él mismo ha amado”(Jn.15,12) Pero, ¿cómo encarno esta dimensión del amor? ¿Cómo vivo desde mi VR la condición de discípulo?El Dios de Jesucristo es un Dios de paz, pero, “no como la da el mundo”(Jn.14,27), sino como esa experiencia de la tranquilidad del corazón que nos impulsa en la entrega al amor incondicional del Padre. La VR ha de ser ejemplo de esta paz. Nuestras comunidades deben dar testimonio de ello ante el mundo, y cada uno de nosotros debe transmitir los frutos de dicha paz. Pero, en ocasiones no somos el mejor ejemplo de ello. Lo que debemos testimoniar se traduce en nuestra acusación porque no sabemos estar en paz. Somos prisioneros del mundo que nos ha capturado hasta hacernos reconstruirlo en el interior de nuestras comunidades. Es maravilloso ver a tantos hombres y a tantas mujeres que dan testimonio en su vida religiosa de esta paz. Pero, ¿podemos nosotros llegar a ella? ¿Puedo afirmar que mi comunidad es un remanso de paz? Y esto no quita que halla conflictos porque ¡somos humanos! ¡Y muy distintos! Por algo, algunos dicen que la vida fraterna y/o comunitaria es la mayor penitencia de la VR. Pero, si hay paz en cada uno de sus miembros las diferencias y dificultades que surjan pueden eliminarse. La VR nos exige que seamos testigos de la verdad, pero ¿cuál es mi verdad? ¿Qué verdad hay detrás de mis respuestas? ¿Cuál es la verdad de mi comunidad en este momento? ¿Estamos dispuestos a escuchar la verdad y dejarnos interpelar por ella? ¿A qué nos invita hoy? ¿Qué novedad trae a mi VR? Pero, este tema de la verdad será tratado más adelante.

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